miércoles, septiembre 26, 2007

Sergio y Buélco



Sergio todavía no sabe hablar, lo cual es lógico porque sólo tiene un año y medio, de ahí en fuera hace exactamente lo mismo que cualquier persona: se levanta, se baña, se pone de mal humor, duerme la siesta, juega, pide su comida a gritos, corre descalzo por toda la casa y finalmente se vuelve a dormir, como cualquiera (de hecho su rutina diaria es muy parecida a la mía). Además del asunto del lenguaje lo que realmente lo diferencia de los demás, de “los otros”, es que mide aproximadamente 80 centímetros.

Lo anterior, como es natural, tiene maravillado a Buélco; Sergio no sólo es su tema favorito de conversación sino su ejemplo a seguir en la vida…

-Ayer, platicando con Sergio, llegamos a la conclusión de que las reformas migratorias son un tema delicado pero indispensable en un mundo globalizado como este- Dice Buélco mientras se aproxima a una almendra que he puesto estratégicamente junto a mi cuaderno. Yo lo miro incrédulo:

-¿Estás seguro que no copiaron esa conclusión de la página 20 del Reforma?- Le pregunto. Pero Buélco ni siquiera me presta atención, parte su almendra y se pone a contarme que si Sergio esto, que si Sergio aquello, que si encontraron un caracol junto a las bugambilias, que si el lodo es adictivo, que si están profundamente interesados en el último libro de Alberto Chimal… cosas por el estilo y, por supuesto, la biografía que tenemos pendiente no ha pasado del primer párrafo.

-Tienes que ponerle más atención a esto si quieres que te tome en serio- Le digo mientras señalo una hoja de papel que está prácticamente en blanco. –La gente está empezando a pensar que tú eres yo y que yo soy tú, que somos “uno mismo” como diría Timbiriche-

-Tú no podrías ser yo ni aunque quisieras- Dice Buélco inspeccionándome de reojo.
–Y lo de la biografía… he estado pensando que debemos incluir algunos capítulos sobre Sergio, lo consulté con él y estamos de acuerdo en que uno de ellos se llamé: “Hormigas; animales estúpidos y montoneros”-

Yo me siento desplazado y celoso, pero comprendo que es lógico que una biografía de Buélco sea así; caótica y diminuta. Los he visto también, al él y a Sergio, corretear a las hormigas durante horas y después llorar juntos cuando una se les trepa por las manos, todo esto mientras yo tomo mi café y tengo que hacerla de adulto aburrido y responsable…

-¡Yo podría ser un Buélco el día que me de la gana!- Le digo a Buélco quien me mira con algo de compasión.

-Sí, tienes razón- Me contesta divertido mientras ríe y asoma sus encías azules.
– ¿Te conté que mañana Sergio y yo vamos a atacar el hormiguero que está junto a la coladera? Ya tenemos lista la estrategia militar: mientras yo avanzo ágilmente por el flanco izquierdo él asegura las posiciones del sur…-

jueves, septiembre 13, 2007

No estoy trabajando

Yo ya no quiero hablar; ya no quiero que la gente me pregunte: “cómo estás” o que el vecino me salude con la mano…

Me gusta la indiferencia y si alguna vez quise decirle algo a alguien ahora ya no quiero.

No tengo nada que hacer y no quiero que me quiten el tiempo; no quiero que me digan: “buenas noches” porque siento que se burlan de mi insomnio y de mi silencio.

Y es que yo no entiendo, no entiendo a la gente que habla tan rápido y luego se aleja con una sonrisa como pensando: “a éste yo le puedo cambiar la vida”.

Anoche me tiré en el suelo y después me encerré en el ropero. Las voces de la calle me están cazando, las escucho y estoy enojado: ¿Por qué no puedo quitarme las orejas junto con los zapatos?

La televisión, el claxon, los grillos, la ambulancia, la regadera, el celular, hasta la puta avioneta del circo “Atiade”.

No hay aspirina que pueda con este dolor de cabeza y yo sólo quiero un poco de silencio; que se callen porque no me dejan escuchar la alfombra, porque no puedo oír lo que a gritos me está contando desde ayer una mosca.

Voy a pegar en la puerta un letrero que diga: “silencio, no estoy trabajando” y me voy a poner a escuchar todo lo que dije la última vez que no hablamos…