sábado, julio 28, 2007

Buscando el punto

Y sin embargo sigues, insistes, no te das por vencido, tal vez por que ya olvidaste cómo o porque ahora importa tan poco que ni siquiera ceder vale la pena. Por eso recomienzas despacio, con el ritual aprendido (aprehendido) de memoria: el cigarro, la lámpara, el reloj, la pluma… por eso te dejas escribir palabra por palabra, punto tras punto, letra tras letra.


No existe tal cosa como “el oficio”, lo sabes bien, lo crees, lo practicas y finalmente lo predicas en obscuros salones de clase. Palabras como: escritor, creador, poeta, son toscas y estorbosas, cargan en la espalda su dosis de auto reconocimiento, se anuncian con bombo y platillo, no existen, las detestas.


“Se escribe por necesidad, porque no se puede hacer otra cosa, porque uno no sabe hacer otra cosa”, repites mecánicamente a cualquiera que esté dispuesto a escucharte. “Resultan inútiles las precauciones; se escribe porque se puede y en esto, las letras se parecen mucho más a la sífilis que al método científico, se adquieren y se propagan aunque su posibilidad de contagio sea mínima”.


Y así sigues, terco, empecinado en encontrar definiciones exactas, palabras de-a-de-veras: “Se escribe porque sí y se escribe también para sí… lector primerizo y bastante parcial, la mano siempre escribe para sus propios ojos, se transforma en un cíclope que mira lo propio siempre a la mitad”.


Pequeña directora de circo, la pluma, tu pluma, comienza a presentar la función: adjetivos leones, verbos trapecistas, oraciones enanas, párrafos bufones y estrofas malabaristas saltan una a una a la carpa de hojas, son las mismas siempre pero la función jamás se repite; deslumbrante a veces y predecible y aburrida otras tantas, la pluma, tu pluma, mira y resume acto tras acto, sueña con el punto final que aparezca espontáneo y estrepitoso bajo una lluvia de aplausos. Pero nunca pasa, nunca llega, los puntos aparecen de tres en tres con el sombrero entre las manos… O eres mal director o tus funciones de palabras ya no engañan a nadie, ni siquiera a ti mismo que las vuelves a meter a sus jaulas cada vez más viejas y empolvadas.


Pero aquí estás, noche tras noche, siempre la misma rutina, la misma miopía y los mismos lentes: no puedes hacer otra cosa porque no sabes, por eso le hablas al cuaderno en segunda persona, por eso hace mucho tiempo que cambiaste el yo por el tú que siempre es un poco más “impersonal”.


La función, como siempre, tiene que continuar: con ustedes la pregunta ontológica más trascendente de la noche ¿Para qué escribir? realizará un increíble acto de magia y se iluminará a sí misma en el centro de la pista. ¡Un aplauso por el amor de Dios!