jueves, febrero 22, 2007

Carta y manifiesto tendiente a ilustrar los daños físicos y psicológicos, sufridos por el autor cuando se acaba el tequila y ¿tú qué crees?

Y ya no pude sino bajar
terriblemente solo
a buscar mi cabeza
por el mundo.
Gonzalo Rójas


Si vieras con qué soledad llueve allá afuera, la ventana es bombardeada por piedras de agua son grises pero también azules y, si pones atención, puedes oír cómo hablan… Yo estoy tranquilo con la inocente seguridad de que son débiles y tercas; podrían pasar la noche entera golpeando ¿y qué? Que hagan lo que quieran, de todas formas parece que ya no voy a dormirme nunca.


Aquí, escondido, acechando a mi lado, está el tiempo, pero no tengas miedo. ¡Si pudieras escuchar cómo camina! Es un olvido constante, está de paso. Grita de pronto y después, como las gotas, suspira y luego grita de nuevo, y luego calla.


¿Te has detenido alguna vez sólo para pensar que puedes detenerte? Es decir, nos han mentido ¿sabes? Nos han dicho que el tiempo, que el mundo, que LA VIDA, no se detienen nunca. Es mentira, todo se detiene porque… Huidobro pensó que caíamos constantemente en un paracaídas. Girondo quería volar, “…caer en el aterrizaje forzoso de un espasmo…”. Después un imbécil llamado Einstein vino a joderlo todo diciendo que el asunto era “relativo”; y para colmo un viejito judío, “Padre de la psiquiatría”, no tuvo inconveniente en echarle la culpa al falo… ¿Entiendes? Qué hastío, no es tan difícil saber que a veces la vida no camina, se detiene a mirar por la ventana, pide café, prende un cigarro y se calla.


Mira: la cosa es que comienzo a acostumbrarme a estar solo y… es malo, cualquiera lo sabe. Porque apenas empieza uno a estar callado aparece esta voz; esta voz que ve la ventana abierta y grita ¡salta!, que ve la puerta abierta y aconseja ¡lárgate!, que ve la hoja en blanco y ruega ¡cállate! Y ya me tiene de malas, porque no es como tú, a veces, cuando te ponías a hablar y luego de un rato tu voz se mezclaba con todo, rebotaba en los muros del cuarto y entonces yo ya no te escuchaba, sólo te miraba parpadear los labios porque ¿qué más daba lo que dijeras? yo seguía siendo el mismo idiota que no podía dejar de hacerte daño. Pero ahora, desde que no hablas, esta voz monologa todo el día y no me deja dormir, ni mirar, ni estar contigo sin ti, no me deja.


Este ir cerrando puertas, caminando siempre para atrás, acabó por encerrarnos por completo. Y a mí me duelen más los muros que la ausencia, y a ti ya no te duele nada… Estás bien ahí, olvidándome, mezclándome con todos tus problemas y yo ya no soy “el” problema, ahora sólo soy “otro” problema más. Y yo despierto todos los días y ya nunca está el dinosaurio, Tito, el dinosaurio se ha ido. Dijo algo sobre París, sobre los puentes del Sena, “flaco, pórtate bien”, dijo. El dinosaurio se ha ido.


¿Por qué te digo todo esto? Este asunto de la soledad y los problemas existenciales es lo más “esnob”, puritito ocio clasemediero. No es nada educado ir por ahí contándole a la gente que uno tiene la vida atravesada en la garganta y una “L” mayúscula tatuada en la frente.


¿Por qué te digo todo esto? He ensayado tantas respuestas y todas son tan idiotas que mejor voy a dejar que tú la elijas. Con opciones pertinentes y un tiempo no mayor a los dos minutos.

Pregunta: ¿Por qué te digo todo esto?

Opciones:

a) Por idiota.
b) Por una impostergable propensión a la autocompasión.
c) Porque no tengo nada más interesante que contarte.
d) A causa de las secuelas del insomnio.
e) Todas las anteriores.

Marca con una cruz el inciso que te parezca más adecuado.


Tomemos entonces partido, es de pésimo gusto no pertenecer a nada. (Cuando digo “tomemos” notas, sin duda, el plural incómodo de esta palabra. Me refiero, evidentemente, a mí y a mí; y a todos los míes, míseros y místicos que caben en este mí).


Me declaro entonces, partidario de la nostalgia, a favor de tus monosílabos y profundamente identificado con el aire, que se cuela por entre tus piernas cuando estás desnuda y duermes, erotizando a tu sombra. Estoy del lado de los que pasan del lado. Adepto al movimiento de los espectadores, de los mirones azules, de los torpes, pasivos, degenerados. Contra los cocteles, el hotel de paso. Contra la academia, Jaime. Contra la virginidad, las estatuas ecuestres. Contra ti, mí.


“Tómate esta botella conmigo y en el último trago nos vamos”.