miércoles, julio 23, 2008

Otro del 101



¿A quién le puede importar,
después de muerto, que uno tenga sus vicios?
Joaquín Sabina


Perdone pero no escucho nada con el oído izquierdo y por eso estoy acostumbrado a hablar a gritos. Como usted ya sabe soy el Sargento Edmundo Cadena; combatí con el batallón 101 en el ejército de Estados Unidos, durante la segunda guerra mundial. No fui gringo por nacimiento ni por convicción, pero en algún lado había que estar y yo terminé en Normandía. No se preocupe no pienso jugar aquí al héroe, ya lo hice hasta el cansancio cuando estaba vivo y además, estoy seguro que no voy a impresionarlo con mis historias de trinchera.

La verdad es que no tengo ya mucha idea de nada, he pasado tanto tiempo muerto que apenas recuerdo algunos lugares, uno que otro nombre, algún tipo de olor que hasta ahora, no sé por qué, sigo teniendo pegado en la nariz como si me hubiera seguido todos estos años… el olor de la muerte diría usted, es probable, pero no estoy seguro si es de la mía o de algún otro.

Sí maté gente, bueno sólo soldados que en realidad, si lo piensa usted bien, no son gente, no éramos gente quiero decir, porque a estas alturas todos estamos ya muertos. Y digo que no éramos gente porque estábamos ahí para matarnos, éramos ¿cómo decirlo? “Carne de cañón” para usar una expresión trillada.

Yo disparé como pude y a donde pude, no sé a cuántos alcanzaron mis balas y tampoco sé si fueron las mías las que los mataron ¿Usted estuvo alguna vez amarrado a un paracaídas en pleno fuego cruzado? No, claro que no ¡Qué clase de pregunta es esa! Usted perdone.

Supongo que le di por lo menos a un par, aunque antes ya había matado, respetando siempre las leyes militares, nunca a un desarmado, nunca a un civil. La memoria ahora me funciona de manera distinta, ya no recuerdo rostros, sólo sonidos, ya no recuerdo palabras sólo imágenes de labios moviéndose como en una película de cine mudo. Si usted me pidiera que le explicara por qué fui a parar a esa guerra, yo le contestaría sinceramente que no tengo idea, aunque sospecho que en esa época tampoco la tenía.

Cuando entró la primera bala, a la altura del abdomen, pasó de largo sin tocar ningún órgano; la segunda me dio exactamente en la rodilla y la hizo pedazos. Si cierro los ojos ahora puedo ver mis botas arrastrándose por la arena, dejando un surco simétrico mientras dos soldados (no sé sí los conocía o no) me llevan en hombros balbuceando cosas incomprensibles con la cara de terror que nunca se pierde cuando uno está en medio de las balas.

Ahora vuelvo a cerrar los ojos y estoy en una cama, enfermeras y gente entran y salen corriendo, hay gritos, lágrimas, hay gente muriéndose y volviendo a nacer, pero no son más que escenas entrecortadas. Todo es demasiado blanco, tanto que lastima, la luz me duele como la rodilla y quiero gritar pero es imposible, quiero levantar la cabeza, llevarme una mano a la pierna herida, encender un cigarro, darle una nalgada a una enfermera, lo que sea, pero el cuerpo no responde, harto de seguir mis órdenes ahora él se cura con calma sin hacerme el menor caso.

Pensándolo bien, estar en esa cama es muy parecido a estar aquí desde hace quién sabe cuántos años, rumiando el silencio sin poder moverme nunca de mi lugar. Hace mucho que perdí la cuenta de las décadas, los días aquí pueden durar una hora o veinte años. Esperé siempre que algo pasara: una cara, un cuerpo, una voz pero nada ocurrió nunca. Luego pensé que, tal vez, este lugar sin nombre donde he pasado mis días sin tiempo, era una especie de infierno diseñado exclusivamente para mí, pero no he sentido ningún dolor y aún no he purgado ninguna penitencia.

“Este es el infierno de los soldados” me decía, pero los generales no han venido a visitarme, tampoco los tenientes, ni siquiera un cabo ¿Será que hasta en la muerte se respetan los rangos? Porque, como le decía, todos deben estar ya muertos ¿Dónde están? ¿En el cielo? Perdóneme pero no lo creo, aunque unos cuantos tal vez sí, pero había otros que… Ya le digo que mi memoria funciona distinto ahora.

Después está la imagen de un camión lleno de soldados que sacan una mano por la ventana para saludar a la gente, yo no, yo voy con la mirada al piso y de vez en cuando me tomo la rodilla y trato de estirar la pierna derecha. Los gritos de las personas que se amotinan en las banquetas me lastiman, como la luz, como la pierna y es ahí cuando me doy cuenta que sólo escucho lo que pasa afuera, me doy cuenta que estoy sordo de un oído.

A ojos abiertos quiero decirle que todavía no entiendo bien cómo funciona esto de la muerte, no estoy en mi tumba, ni en el infierno (creo), ni en el cielo (estoy seguro), no hablo con nadie y mi voz parece no ir a ningún sitio. No sé nada sobre Dios (después de tantos años nunca lo he visto) tal vez no existe, tal vez es usted, aunque lo dudo porque si lo fuera no me estaría preguntando tantas cosas. Dios está en todas partes al mismo tiempo, si esto es cierto él tendría que haber estado conmigo en esa playa, en esa cama, en ese camión, y si usted fuera él ya lo sabría todo, a menos que a Dios, como a mí, también se le olviden las palabras y las fechas.

No sé cuánto tiempo pasó sólo recuerdo mi casa y el dolor incesante de la rodilla ¿Estuve casado? ¿Tuve hijos? Si usted es Dios debería de responderme y mire que no le estoy pidiendo la felicidad eterna, ni el perdón de mis pecados, ni siquiera le pido su simpatía, solamente palabras ¿Cómo puedo decirle quien soy si la muerte se ha llevado ya todo? ¿Quién inventó la muerte? Esa es otra buena pregunta que usted tendría que responderme.

Recuerdo el accidente, eso sí, pero sólo el golpe en el costado derecho, el ruido de metales y huesos haciéndose polvo, sangre, más sangre y eso es todo, ninguna cama después, ningún blanco y ninguna luz, la rodilla dejó de doler y luego esto, el vacío, el silencio, nada más el silencio.

Si no fuera una tragedia daría risa; volver vivo de la guerra después de esquivar no sé cuántas minas y cuántas balas, solamente para morirse veinte años después, todavía joven y como dicen “con la vida por delante”, en un accidente idiota a la mitad de una calle, después de fumar mariguana y tomar catorce cervezas. Por lo menos eso es lo que usted dice que pasó y si eso es cierto, está como para echarse a reír otros cuarenta y dos años.

Señor Juez: yo no sé si soy inocente o culpable, hice cosas malas supongo, me imagino que matar es tan malo como fumar mariguana, o como ganar una medalla al mérito por recibir dos balazos apenas tocó uno tierra. No puedo saber si merezco cielo o infierno, ni siquiera sé si eso existe. De lo único que estoy seguro es que este juicio es completamente injusto; traer a un muerto viejo y olvidado, medio sordo y arruinado por el hastío y el tiempo, y juzgarlo así, sin abogado, sin jurado y lo peor de todo, sin memoria.

¿Esto es su famosa justica divina? Yo creo que de justicia no tiene nada ¿Por qué no me juzgaron cuando estaba vivo? ¿Cuándo me dieron dos balazos en una playa olvidada por Dios (o por usted) dos meses antes de tener edad para comprarme por lo menos un trago? ¿Por qué no antes de las heridas, cuando tenía un batallón y estaba armado? ¿Fue por miedo? ¿Le dio miedo que le volara la cabeza? ¡Firmes! ¡Conteste la pregunta soldado!

Es increíble lo que uno guarda en la cabeza a pesar de llevar tanto tiempo muerto, los hábitos superan a la tumba. No le pido, señor Juez, más que un poco de memoria, dos o tres días completos de memoria, como la última cena, hasta a su hijo le dejaron esa. Unas horas de recuerdos completos, con caras y nombres, con fechas y con voz, con otro olor, otros ojos, otros cuerpos. Solo un par de minutos señor Juez, es lo mínimo que se le puede conceder a un muerto.

La tumba es una tierra de nadie señor Juez ¿ha visto que ni siquiera tengo un epitafio? “Valiente hasta el final”, por ejemplo, o “Dio su vida a la patria”; aunque sea “Muerto en el cumplimiento del deber”. Nada y sabe por qué, porque regresé vivo de la guerra, no morí como héroe sino como borracho y es por eso que no merezco ni siquiera dos palabras que resuman mi vida. No importa cuánta gente mataste o si fueron mujeres, niños, no es cuestión de principios señor Juez, lo único que importa es cómo mueres y sobre todo cuándo.

Si lo piensa usted bien no es culpa mía que no haya muerto a tiempo, es culpa suya y de su famoso destino, todo el asunto de cargar tu con tu cruz y esas cosas. ¿Qué pasó con el perdónalos padre porque no saben lo que hacen? Esa sí es una verdadera frase post mortem.

Al final no sé por qué me interesa todo esto ¿Qué me puede ya quitar después de muerto?
Y como no fui ningún traidor, Satanás o como sea que se llame tendrá que reservarse su noveno infierno. La muerte, señor Juez, no es más que una eternidad sin televisión pero, por supuesto, no está usted para saberlo.

sábado, julio 05, 2008

Nos estorbamos

El problema es este nos atarantado, atorado en la tráquea como la manzana de Adán.

No tenemos inconvenientes con el respetuoso: tus calles, tu casa, tu banqueta, tu miopía, tus ganas de que quedarte con las ganas.

Tampoco le reprochamos nada al yo egoísta, contramuros: mi carro, mi trago, mi resaca, mi domingo, mis ganas de quitarte ya esas ganas.

El ellos por lo general no nos importa un rábano: ellos quieren, ellos muerden, ellos lloran, ellos amenazan, ellos tienen ganas de saber si nos dio la gana.

El problema cae en nosotros; ahí se cierra la cortina y se apaga la luz, mientras buscamos a tientas un adjetivo piadoso que convierta este destierro en un lugar de ambos y termine de una vez con tanta pausa, con tanto silencio, con tanto monólogo inconcluso.

Pero hay algo en ese nos que suena artificial, forzado, hay algo en esa lengua que se rehúsa a juntarse con el paladar para que sea propiedad de los dos.

Tal vez porque a pesar de todo no hemos ganado nada, porque las batallas perdidas no se comparten, porque no cabemos juntos en el espejo de tu tocador.

Y ahora lo que es nuestro no le pertenece a nadie, por eso nuestras noches no llegan nunca y nuestros días dan saltos con un pie sobre las hojas del calendario.

Por eso te pido que no salgas, que cierres la puerta y pongas el seguro, y corras las persianas, y quiebres el reloj, y dejes tu vestido debajo de la cama, y guardes mis zapatos bajo llave en el closet, y cubras tu desencanto donde no lo vea nadie, y dejes que mi hastío se aburra solo en el sillón.

Vamos a jugar juntos con nuestra nada mientras ellos esperan en el café de la esquina, matando el tiempo junto a tu tú y mi mí