¿Dónde comenzarías a buscar tú?
¿En los álbumes cursis con tu nombre bordado al frente?
¿En el cajón del buró?
¿En el cuarto de niños donde aún resiste intacto el papel tapiz rayado con plumones de colores?
¿En el uniforme sórdido y parchado de la primaria?
¿En la caja de zapatos debajo de la cama?
¿En tu calle notoriamente más chica, llena de casas nuevas y de “casetas de vigilancia”?
¿En la alegría fácil de los viernes?
¿En la tortura minuciosa de los domingos?
¿En ella?
¿En la que te dijo que no, para sorpresa tuya y burla de todos los demás?
¿En la que te dijo que sí, para burla tuya y sorpresa de todos los demás?
¿En la que no dijo nada y dejaron de existir tú y los demás y ya sólo quedó ella?
¿En las cartas fechadas con prisa donde la palabra “amor” se escribía con lápiz?
¿En la memoria?
¿En el cine?
¿En el tráfico?
¿En la palabra que nunca dices?
¿En la palabra que nunca debiste haber dicho?
¿En tu cuaderno?
¿En un clavado perfecto desde la ventana del cuarto piso de tu edificio?
¿Dónde? ¿Dónde comenzarías tú a buscarla?
domingo, mayo 04, 2008
miércoles, abril 16, 2008
Sólo un par
Para Mary y el que viene...
¿Cuántos pares de alas va a llevar señora?
Dédalo tuvo el increíble mal gusto de enseñarle a Teseo cómo podía salir de un laberinto cuidado por un minotauro que tenía fama de ser bastante truculento. Pero Teseo llevó a grados absurdos el mal gusto cuando se le ocurrió que era una idea maravillosa matar al minotauro en cuestión…
Como era de esperarse, Minos, que era quien se dedicaba a regentear el laberinto, se molestó un poco cuando se dio cuenta que habían matado a su mascota; así que encerró a Dédalo y a su hijo Ícaro en el laberinto. Dédalo se dedicó a buscar la salida pero nunca la encontró, entonces se le ocurrió fabricar, para él y para su hijo, unas alas de cera para poder salir volando del laberinto.
Dédalo le advirtió a su hijo que no volara muy alto ni muy bajo, que se mantuviera por ahí de la mitad, pero cuando Ícaro comenzó a volar se dio cuenta que era libre, empezó a subir y subió tan alto que el sol derritió las alas de cera. Ícaro cayó al mar y nunca lo encontraron. Este mar, desde entonces lleva su nombre: mar de Icaria.
Como ya te imaginarás, la moraleja del asunto es que si vuelas muy alto, corres al riesgo de que tus alas no aguanten y vayas a dar al mar, y aunque luego ese mar se llame como tú, pues ya pa’ qué te sirve…
Pero no te preocupes, la ciencia ha avanzado mucho desde que los griegos construían alas de cera, hay muchos materiales que son más aguantadores que la cera (también a quién se le ocurre!!), están los cohetes de la NASA, los aviones gringos, los ovnis de Mausán, pero sobre todo la imaginación y las ganas de volar tan alto como te venga en gana (eso sin contar con el buen peyote).
Así que pensando en esto y después de largas, y desesperantes platicas nocturnas con Buélco… Decidimos regalarle a tu hijo estas pequeñas alas de papel para que vuele a donde quiera sin tener que preocuparse por los rayos UV.
No podemos garantizarte que las alas lo van a sacar del laberinto, ni que le van a quitar de encima al minotauro que nos persigue a todos. Pero creemos que si le lees esto despacio, en voz baja, en una voz que sólo él puede escuchar porque vive en el lugar donde puede oírte sin que tú tengas que mover los labios, entenderá que el día que llegue a este laberinto, estaremos aquí todos, dispuestos a crearle las mejores alas, las alas que decida, las que más le gusten…
martes, enero 29, 2008
Retrato hablado
Estoy tan solo que cualquiera
diría que estás conmigo.
Francisco Hernández
Pelo negro y derramado. Tez blanca. Ojos negros ardiendo al sol de las tres de la mañana. Labios delgados. Risa moribunda. Inexplicable afición por los elefantes y a tirar monedas al mar. Cejas gruesas. Lagrimales amplios, llenos de lágrimas que cuando corren ya no pueden parar. Diecinueve centímetros entre el cuello y el hombro derecho. Heridas de mis labios. Rodillas de piedra que saben hablar.
Indispensable en la cama y en los domingos nublados. Experta en botánica y el Ché. Lunas en los dedos le obligan a combatir la luz de la lámpara. Amiga de una tal Alejandra y de un perro que se llama “Jack”. Mala compañera en las bodas y en el cine (imposible ver una película sentado junto a ella). Costillas de cera, frágiles como abanicos. Adicta al cigarro y al café irlandés. Tabique ligeramente desviado a la derecha. Tose por las noches. Dice que le gusta escuchar “Aranjuez”.
Cualquier información será generosamente recompensada. No intente atraparla usted mismo; es peligrosa y está armada con algunas cosas imposibles de describir…
Muy triste esperando que no se haya perdido más de lo habitual, siéntome en el marco de la puerta a esperar a que vuelva. Terriblemente arrepentido por ciertos accidentes y malos entendidos. Nunca quise que al asunto terminara tan mal.
Muy solicitada en algunos círculos sociales. Depresión extrema cuando alguien pregunta y yo no sé qué decir…
Informes al tipo medio muerto que toma café todos los días, de seis a nueve, en el café de la Paz.
Urge pronta respuesta. Asunto delicado que requiere de absoluta seriedad. Peligra la vida de un pez dorado, la integridad de su portaretratos y la escasa mala reputación restante de quien escribe el presente anuncio.
Sin afán de hacerle perder más su valioso tiempo, le ruego ayuda pronta. Cualquier detalle puede ser crucial…
Al irse llevaba un listón rojo, lluvia en las comisuras de los ojos y un “ya nunca más” en el paladar.
diría que estás conmigo.
Francisco Hernández
Pelo negro y derramado. Tez blanca. Ojos negros ardiendo al sol de las tres de la mañana. Labios delgados. Risa moribunda. Inexplicable afición por los elefantes y a tirar monedas al mar. Cejas gruesas. Lagrimales amplios, llenos de lágrimas que cuando corren ya no pueden parar. Diecinueve centímetros entre el cuello y el hombro derecho. Heridas de mis labios. Rodillas de piedra que saben hablar.
Indispensable en la cama y en los domingos nublados. Experta en botánica y el Ché. Lunas en los dedos le obligan a combatir la luz de la lámpara. Amiga de una tal Alejandra y de un perro que se llama “Jack”. Mala compañera en las bodas y en el cine (imposible ver una película sentado junto a ella). Costillas de cera, frágiles como abanicos. Adicta al cigarro y al café irlandés. Tabique ligeramente desviado a la derecha. Tose por las noches. Dice que le gusta escuchar “Aranjuez”.
Cualquier información será generosamente recompensada. No intente atraparla usted mismo; es peligrosa y está armada con algunas cosas imposibles de describir…
Muy triste esperando que no se haya perdido más de lo habitual, siéntome en el marco de la puerta a esperar a que vuelva. Terriblemente arrepentido por ciertos accidentes y malos entendidos. Nunca quise que al asunto terminara tan mal.
Muy solicitada en algunos círculos sociales. Depresión extrema cuando alguien pregunta y yo no sé qué decir…
Informes al tipo medio muerto que toma café todos los días, de seis a nueve, en el café de la Paz.
Urge pronta respuesta. Asunto delicado que requiere de absoluta seriedad. Peligra la vida de un pez dorado, la integridad de su portaretratos y la escasa mala reputación restante de quien escribe el presente anuncio.
Sin afán de hacerle perder más su valioso tiempo, le ruego ayuda pronta. Cualquier detalle puede ser crucial…
Al irse llevaba un listón rojo, lluvia en las comisuras de los ojos y un “ya nunca más” en el paladar.
jueves, enero 10, 2008
¿Y luego?
Para que nada nos amarre
que no nos una nada.
Pablo Neruda.
Me quedo buscándote en todos los lugares donde nunca estuviste,
en las calles que no caminamos jamás.
Me gusta esperarte porque sé que nunca vuelves,
que tienes miedo de mirar atrás y convertirte en sal.
Voy a todos los cafés donde nunca discutimos,
y cierro los bares en los que no levantaste la mano para pedir un trago más.
De alguna manera te encuentro cerca en los lugares más lejanos,
me siento más tranquilo buscándote donde no te puedo encontrar.
No fuiste tú la que llegó anoche (cansada y con frío) a meterte a mi cama,
y no fui yo quien te regaló el anillo que jamás piensas usar.
Si para no extrañarte hace falta no tenerte,
entonces me quedo quieto porque no tengo ganas de tentar al azar.
Nunca te prometí nada, ni tú fingiste creerme,
ni nos interesaron los sacrificios ominosos e inútiles.
Tú no llegaste al lugar donde no te cité con prisa,
y yo no pagué la cuenta de la comida que ni siquiera ordenaste.
No te quité la falda que jamás te he visto puesta,
y tampoco despertamos a los vecinos que no viven en el piso de abajo.
Y mientras, tú sigues creyendo que nunca nos pasó nada,
y yo no puedo dejar de pensar que ya hemos pasado por todo.
que no nos una nada.
Pablo Neruda.
Me quedo buscándote en todos los lugares donde nunca estuviste,
en las calles que no caminamos jamás.
Me gusta esperarte porque sé que nunca vuelves,
que tienes miedo de mirar atrás y convertirte en sal.
Voy a todos los cafés donde nunca discutimos,
y cierro los bares en los que no levantaste la mano para pedir un trago más.
De alguna manera te encuentro cerca en los lugares más lejanos,
me siento más tranquilo buscándote donde no te puedo encontrar.
No fuiste tú la que llegó anoche (cansada y con frío) a meterte a mi cama,
y no fui yo quien te regaló el anillo que jamás piensas usar.
Si para no extrañarte hace falta no tenerte,
entonces me quedo quieto porque no tengo ganas de tentar al azar.
Nunca te prometí nada, ni tú fingiste creerme,
ni nos interesaron los sacrificios ominosos e inútiles.
Tú no llegaste al lugar donde no te cité con prisa,
y yo no pagué la cuenta de la comida que ni siquiera ordenaste.
No te quité la falda que jamás te he visto puesta,
y tampoco despertamos a los vecinos que no viven en el piso de abajo.
Y mientras, tú sigues creyendo que nunca nos pasó nada,
y yo no puedo dejar de pensar que ya hemos pasado por todo.
lunes, enero 07, 2008
Un día de estos
Lunes
A los lunes se llega siempre herido, lacerado de tanto domingo y muerto de miedo por tener que empezar todo de nuevo.
Al lunes se le cuadra como a un toro de lidia, hay que recibirlo de rodillas en mitad de la plaza porque si uno logra intimidar al lunes, es posible que se lo piense dos veces el resto de la semana…
Los lunes atrapan niños con frío en los camiones escolares y se divierten cazando burócratas en las líneas del metro.
Los lunes los proxenetas no salen a la calle y las pocas gallinas que ponen vomitan huevos inexplicablemente verdes.
Los lunes los bancos tragan de un bocado a sus deudores y las azafatas se olvidan del protocolo aéreo.
Los lunes el bien amanece de malas y el despertador asesina al lívido a las seis de la mañana.
Un lunes como éste nació San Kurt Cobain y mataron al Che Guevara; un lunes los argentinos perdieron las Malvinas y seguro que fue lunes el día que Ulises decidió volver a Itaca.
El lunes donde comienza la eternidad de Eliseo Diego, Mark David le pegó dos tiros escandalosos a Sir John Winston Lenon, y estoy casi seguro de que fue un lunes cuando dijiste que: “Ya basta!! Que había que darle tiempo al tiempo”.
Los lunes siempre hay que luchar contra la resaca y cuando es lunes y llueve inevitablemente se desborda el caño.
“Ganarás el pan con el sudor de tu frente” ok, ok ¿pero por qué Adán tuvo que elegir un lunes para atascarse medio kilo de pie de manzana? Yo, por eso, los lunes no tomo ni siquiera mi jugo de naranja… No vaya a ser que a Dios se le ocurra otra brillante idea.
A los lunes se llega siempre herido, lacerado de tanto domingo y muerto de miedo por tener que empezar todo de nuevo.
Al lunes se le cuadra como a un toro de lidia, hay que recibirlo de rodillas en mitad de la plaza porque si uno logra intimidar al lunes, es posible que se lo piense dos veces el resto de la semana…
Los lunes atrapan niños con frío en los camiones escolares y se divierten cazando burócratas en las líneas del metro.
Los lunes los proxenetas no salen a la calle y las pocas gallinas que ponen vomitan huevos inexplicablemente verdes.
Los lunes los bancos tragan de un bocado a sus deudores y las azafatas se olvidan del protocolo aéreo.
Los lunes el bien amanece de malas y el despertador asesina al lívido a las seis de la mañana.
Un lunes como éste nació San Kurt Cobain y mataron al Che Guevara; un lunes los argentinos perdieron las Malvinas y seguro que fue lunes el día que Ulises decidió volver a Itaca.
El lunes donde comienza la eternidad de Eliseo Diego, Mark David le pegó dos tiros escandalosos a Sir John Winston Lenon, y estoy casi seguro de que fue un lunes cuando dijiste que: “Ya basta!! Que había que darle tiempo al tiempo”.
Los lunes siempre hay que luchar contra la resaca y cuando es lunes y llueve inevitablemente se desborda el caño.
“Ganarás el pan con el sudor de tu frente” ok, ok ¿pero por qué Adán tuvo que elegir un lunes para atascarse medio kilo de pie de manzana? Yo, por eso, los lunes no tomo ni siquiera mi jugo de naranja… No vaya a ser que a Dios se le ocurra otra brillante idea.
miércoles, septiembre 26, 2007
Sergio y Buélco
Sergio todavía no sabe hablar, lo cual es lógico porque sólo tiene un año y medio, de ahí en fuera hace exactamente lo mismo que cualquier persona: se levanta, se baña, se pone de mal humor, duerme la siesta, juega, pide su comida a gritos, corre descalzo por toda la casa y finalmente se vuelve a dormir, como cualquiera (de hecho su rutina diaria es muy parecida a la mía). Además del asunto del lenguaje lo que realmente lo diferencia de los demás, de “los otros”, es que mide aproximadamente 80 centímetros.
Lo anterior, como es natural, tiene maravillado a Buélco; Sergio no sólo es su tema favorito de conversación sino su ejemplo a seguir en la vida…
-Ayer, platicando con Sergio, llegamos a la conclusión de que las reformas migratorias son un tema delicado pero indispensable en un mundo globalizado como este- Dice Buélco mientras se aproxima a una almendra que he puesto estratégicamente junto a mi cuaderno. Yo lo miro incrédulo:
-¿Estás seguro que no copiaron esa conclusión de la página 20 del Reforma?- Le pregunto. Pero Buélco ni siquiera me presta atención, parte su almendra y se pone a contarme que si Sergio esto, que si Sergio aquello, que si encontraron un caracol junto a las bugambilias, que si el lodo es adictivo, que si están profundamente interesados en el último libro de Alberto Chimal… cosas por el estilo y, por supuesto, la biografía que tenemos pendiente no ha pasado del primer párrafo.
-Tienes que ponerle más atención a esto si quieres que te tome en serio- Le digo mientras señalo una hoja de papel que está prácticamente en blanco. –La gente está empezando a pensar que tú eres yo y que yo soy tú, que somos “uno mismo” como diría Timbiriche-
-Tú no podrías ser yo ni aunque quisieras- Dice Buélco inspeccionándome de reojo.
–Y lo de la biografía… he estado pensando que debemos incluir algunos capítulos sobre Sergio, lo consulté con él y estamos de acuerdo en que uno de ellos se llamé: “Hormigas; animales estúpidos y montoneros”-
–Y lo de la biografía… he estado pensando que debemos incluir algunos capítulos sobre Sergio, lo consulté con él y estamos de acuerdo en que uno de ellos se llamé: “Hormigas; animales estúpidos y montoneros”-
Yo me siento desplazado y celoso, pero comprendo que es lógico que una biografía de Buélco sea así; caótica y diminuta. Los he visto también, al él y a Sergio, corretear a las hormigas durante horas y después llorar juntos cuando una se les trepa por las manos, todo esto mientras yo tomo mi café y tengo que hacerla de adulto aburrido y responsable…
-¡Yo podría ser un Buélco el día que me de la gana!- Le digo a Buélco quien me mira con algo de compasión.
-Sí, tienes razón- Me contesta divertido mientras ríe y asoma sus encías azules.
– ¿Te conté que mañana Sergio y yo vamos a atacar el hormiguero que está junto a la coladera? Ya tenemos lista la estrategia militar: mientras yo avanzo ágilmente por el flanco izquierdo él asegura las posiciones del sur…-
– ¿Te conté que mañana Sergio y yo vamos a atacar el hormiguero que está junto a la coladera? Ya tenemos lista la estrategia militar: mientras yo avanzo ágilmente por el flanco izquierdo él asegura las posiciones del sur…-
jueves, septiembre 13, 2007
No estoy trabajando
Yo ya no quiero hablar; ya no quiero que la gente me pregunte: “cómo estás” o que el vecino me salude con la mano…
Me gusta la indiferencia y si alguna vez quise decirle algo a alguien ahora ya no quiero.
No tengo nada que hacer y no quiero que me quiten el tiempo; no quiero que me digan: “buenas noches” porque siento que se burlan de mi insomnio y de mi silencio.
Y es que yo no entiendo, no entiendo a la gente que habla tan rápido y luego se aleja con una sonrisa como pensando: “a éste yo le puedo cambiar la vida”.
Anoche me tiré en el suelo y después me encerré en el ropero. Las voces de la calle me están cazando, las escucho y estoy enojado: ¿Por qué no puedo quitarme las orejas junto con los zapatos?
La televisión, el claxon, los grillos, la ambulancia, la regadera, el celular, hasta la puta avioneta del circo “Atiade”.
No hay aspirina que pueda con este dolor de cabeza y yo sólo quiero un poco de silencio; que se callen porque no me dejan escuchar la alfombra, porque no puedo oír lo que a gritos me está contando desde ayer una mosca.
Voy a pegar en la puerta un letrero que diga: “silencio, no estoy trabajando” y me voy a poner a escuchar todo lo que dije la última vez que no hablamos…
Me gusta la indiferencia y si alguna vez quise decirle algo a alguien ahora ya no quiero.
No tengo nada que hacer y no quiero que me quiten el tiempo; no quiero que me digan: “buenas noches” porque siento que se burlan de mi insomnio y de mi silencio.
Y es que yo no entiendo, no entiendo a la gente que habla tan rápido y luego se aleja con una sonrisa como pensando: “a éste yo le puedo cambiar la vida”.
Anoche me tiré en el suelo y después me encerré en el ropero. Las voces de la calle me están cazando, las escucho y estoy enojado: ¿Por qué no puedo quitarme las orejas junto con los zapatos?
La televisión, el claxon, los grillos, la ambulancia, la regadera, el celular, hasta la puta avioneta del circo “Atiade”.
No hay aspirina que pueda con este dolor de cabeza y yo sólo quiero un poco de silencio; que se callen porque no me dejan escuchar la alfombra, porque no puedo oír lo que a gritos me está contando desde ayer una mosca.
Voy a pegar en la puerta un letrero que diga: “silencio, no estoy trabajando” y me voy a poner a escuchar todo lo que dije la última vez que no hablamos…
sábado, julio 28, 2007
Buscando el punto
Y sin embargo sigues, insistes, no te das por vencido, tal vez por que ya olvidaste cómo o porque ahora importa tan poco que ni siquiera ceder vale la pena. Por eso recomienzas despacio, con el ritual aprendido (aprehendido) de memoria: el cigarro, la lámpara, el reloj, la pluma… por eso te dejas escribir palabra por palabra, punto tras punto, letra tras letra.
No existe tal cosa como “el oficio”, lo sabes bien, lo crees, lo practicas y finalmente lo predicas en obscuros salones de clase. Palabras como: escritor, creador, poeta, son toscas y estorbosas, cargan en la espalda su dosis de auto reconocimiento, se anuncian con bombo y platillo, no existen, las detestas.
“Se escribe por necesidad, porque no se puede hacer otra cosa, porque uno no sabe hacer otra cosa”, repites mecánicamente a cualquiera que esté dispuesto a escucharte. “Resultan inútiles las precauciones; se escribe porque se puede y en esto, las letras se parecen mucho más a la sífilis que al método científico, se adquieren y se propagan aunque su posibilidad de contagio sea mínima”.
Y así sigues, terco, empecinado en encontrar definiciones exactas, palabras de-a-de-veras: “Se escribe porque sí y se escribe también para sí… lector primerizo y bastante parcial, la mano siempre escribe para sus propios ojos, se transforma en un cíclope que mira lo propio siempre a la mitad”.
Pequeña directora de circo, la pluma, tu pluma, comienza a presentar la función: adjetivos leones, verbos trapecistas, oraciones enanas, párrafos bufones y estrofas malabaristas saltan una a una a la carpa de hojas, son las mismas siempre pero la función jamás se repite; deslumbrante a veces y predecible y aburrida otras tantas, la pluma, tu pluma, mira y resume acto tras acto, sueña con el punto final que aparezca espontáneo y estrepitoso bajo una lluvia de aplausos. Pero nunca pasa, nunca llega, los puntos aparecen de tres en tres con el sombrero entre las manos… O eres mal director o tus funciones de palabras ya no engañan a nadie, ni siquiera a ti mismo que las vuelves a meter a sus jaulas cada vez más viejas y empolvadas.
Pero aquí estás, noche tras noche, siempre la misma rutina, la misma miopía y los mismos lentes: no puedes hacer otra cosa porque no sabes, por eso le hablas al cuaderno en segunda persona, por eso hace mucho tiempo que cambiaste el yo por el tú que siempre es un poco más “impersonal”.
La función, como siempre, tiene que continuar: con ustedes la pregunta ontológica más trascendente de la noche ¿Para qué escribir? realizará un increíble acto de magia y se iluminará a sí misma en el centro de la pista. ¡Un aplauso por el amor de Dios!
No existe tal cosa como “el oficio”, lo sabes bien, lo crees, lo practicas y finalmente lo predicas en obscuros salones de clase. Palabras como: escritor, creador, poeta, son toscas y estorbosas, cargan en la espalda su dosis de auto reconocimiento, se anuncian con bombo y platillo, no existen, las detestas.
“Se escribe por necesidad, porque no se puede hacer otra cosa, porque uno no sabe hacer otra cosa”, repites mecánicamente a cualquiera que esté dispuesto a escucharte. “Resultan inútiles las precauciones; se escribe porque se puede y en esto, las letras se parecen mucho más a la sífilis que al método científico, se adquieren y se propagan aunque su posibilidad de contagio sea mínima”.
Y así sigues, terco, empecinado en encontrar definiciones exactas, palabras de-a-de-veras: “Se escribe porque sí y se escribe también para sí… lector primerizo y bastante parcial, la mano siempre escribe para sus propios ojos, se transforma en un cíclope que mira lo propio siempre a la mitad”.
Pequeña directora de circo, la pluma, tu pluma, comienza a presentar la función: adjetivos leones, verbos trapecistas, oraciones enanas, párrafos bufones y estrofas malabaristas saltan una a una a la carpa de hojas, son las mismas siempre pero la función jamás se repite; deslumbrante a veces y predecible y aburrida otras tantas, la pluma, tu pluma, mira y resume acto tras acto, sueña con el punto final que aparezca espontáneo y estrepitoso bajo una lluvia de aplausos. Pero nunca pasa, nunca llega, los puntos aparecen de tres en tres con el sombrero entre las manos… O eres mal director o tus funciones de palabras ya no engañan a nadie, ni siquiera a ti mismo que las vuelves a meter a sus jaulas cada vez más viejas y empolvadas.
Pero aquí estás, noche tras noche, siempre la misma rutina, la misma miopía y los mismos lentes: no puedes hacer otra cosa porque no sabes, por eso le hablas al cuaderno en segunda persona, por eso hace mucho tiempo que cambiaste el yo por el tú que siempre es un poco más “impersonal”.
La función, como siempre, tiene que continuar: con ustedes la pregunta ontológica más trascendente de la noche ¿Para qué escribir? realizará un increíble acto de magia y se iluminará a sí misma en el centro de la pista. ¡Un aplauso por el amor de Dios!
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