Estoy tan solo que cualquiera
diría que estás conmigo.
Francisco Hernández
Pelo negro y derramado. Tez blanca. Ojos negros ardiendo al sol de las tres de la mañana. Labios delgados. Risa moribunda. Inexplicable afición por los elefantes y a tirar monedas al mar. Cejas gruesas. Lagrimales amplios, llenos de lágrimas que cuando corren ya no pueden parar. Diecinueve centímetros entre el cuello y el hombro derecho. Heridas de mis labios. Rodillas de piedra que saben hablar.
Indispensable en la cama y en los domingos nublados. Experta en botánica y el Ché. Lunas en los dedos le obligan a combatir la luz de la lámpara. Amiga de una tal Alejandra y de un perro que se llama “Jack”. Mala compañera en las bodas y en el cine (imposible ver una película sentado junto a ella). Costillas de cera, frágiles como abanicos. Adicta al cigarro y al café irlandés. Tabique ligeramente desviado a la derecha. Tose por las noches. Dice que le gusta escuchar “Aranjuez”.
Cualquier información será generosamente recompensada. No intente atraparla usted mismo; es peligrosa y está armada con algunas cosas imposibles de describir…
Muy triste esperando que no se haya perdido más de lo habitual, siéntome en el marco de la puerta a esperar a que vuelva. Terriblemente arrepentido por ciertos accidentes y malos entendidos. Nunca quise que al asunto terminara tan mal.
Muy solicitada en algunos círculos sociales. Depresión extrema cuando alguien pregunta y yo no sé qué decir…
Informes al tipo medio muerto que toma café todos los días, de seis a nueve, en el café de la Paz.
Urge pronta respuesta. Asunto delicado que requiere de absoluta seriedad. Peligra la vida de un pez dorado, la integridad de su portaretratos y la escasa mala reputación restante de quien escribe el presente anuncio.
Sin afán de hacerle perder más su valioso tiempo, le ruego ayuda pronta. Cualquier detalle puede ser crucial…
Al irse llevaba un listón rojo, lluvia en las comisuras de los ojos y un “ya nunca más” en el paladar.
martes, enero 29, 2008
jueves, enero 10, 2008
¿Y luego?
Para que nada nos amarre
que no nos una nada.
Pablo Neruda.
Me quedo buscándote en todos los lugares donde nunca estuviste,
en las calles que no caminamos jamás.
Me gusta esperarte porque sé que nunca vuelves,
que tienes miedo de mirar atrás y convertirte en sal.
Voy a todos los cafés donde nunca discutimos,
y cierro los bares en los que no levantaste la mano para pedir un trago más.
De alguna manera te encuentro cerca en los lugares más lejanos,
me siento más tranquilo buscándote donde no te puedo encontrar.
No fuiste tú la que llegó anoche (cansada y con frío) a meterte a mi cama,
y no fui yo quien te regaló el anillo que jamás piensas usar.
Si para no extrañarte hace falta no tenerte,
entonces me quedo quieto porque no tengo ganas de tentar al azar.
Nunca te prometí nada, ni tú fingiste creerme,
ni nos interesaron los sacrificios ominosos e inútiles.
Tú no llegaste al lugar donde no te cité con prisa,
y yo no pagué la cuenta de la comida que ni siquiera ordenaste.
No te quité la falda que jamás te he visto puesta,
y tampoco despertamos a los vecinos que no viven en el piso de abajo.
Y mientras, tú sigues creyendo que nunca nos pasó nada,
y yo no puedo dejar de pensar que ya hemos pasado por todo.
que no nos una nada.
Pablo Neruda.
Me quedo buscándote en todos los lugares donde nunca estuviste,
en las calles que no caminamos jamás.
Me gusta esperarte porque sé que nunca vuelves,
que tienes miedo de mirar atrás y convertirte en sal.
Voy a todos los cafés donde nunca discutimos,
y cierro los bares en los que no levantaste la mano para pedir un trago más.
De alguna manera te encuentro cerca en los lugares más lejanos,
me siento más tranquilo buscándote donde no te puedo encontrar.
No fuiste tú la que llegó anoche (cansada y con frío) a meterte a mi cama,
y no fui yo quien te regaló el anillo que jamás piensas usar.
Si para no extrañarte hace falta no tenerte,
entonces me quedo quieto porque no tengo ganas de tentar al azar.
Nunca te prometí nada, ni tú fingiste creerme,
ni nos interesaron los sacrificios ominosos e inútiles.
Tú no llegaste al lugar donde no te cité con prisa,
y yo no pagué la cuenta de la comida que ni siquiera ordenaste.
No te quité la falda que jamás te he visto puesta,
y tampoco despertamos a los vecinos que no viven en el piso de abajo.
Y mientras, tú sigues creyendo que nunca nos pasó nada,
y yo no puedo dejar de pensar que ya hemos pasado por todo.
lunes, enero 07, 2008
Un día de estos
Lunes
A los lunes se llega siempre herido, lacerado de tanto domingo y muerto de miedo por tener que empezar todo de nuevo.
Al lunes se le cuadra como a un toro de lidia, hay que recibirlo de rodillas en mitad de la plaza porque si uno logra intimidar al lunes, es posible que se lo piense dos veces el resto de la semana…
Los lunes atrapan niños con frío en los camiones escolares y se divierten cazando burócratas en las líneas del metro.
Los lunes los proxenetas no salen a la calle y las pocas gallinas que ponen vomitan huevos inexplicablemente verdes.
Los lunes los bancos tragan de un bocado a sus deudores y las azafatas se olvidan del protocolo aéreo.
Los lunes el bien amanece de malas y el despertador asesina al lívido a las seis de la mañana.
Un lunes como éste nació San Kurt Cobain y mataron al Che Guevara; un lunes los argentinos perdieron las Malvinas y seguro que fue lunes el día que Ulises decidió volver a Itaca.
El lunes donde comienza la eternidad de Eliseo Diego, Mark David le pegó dos tiros escandalosos a Sir John Winston Lenon, y estoy casi seguro de que fue un lunes cuando dijiste que: “Ya basta!! Que había que darle tiempo al tiempo”.
Los lunes siempre hay que luchar contra la resaca y cuando es lunes y llueve inevitablemente se desborda el caño.
“Ganarás el pan con el sudor de tu frente” ok, ok ¿pero por qué Adán tuvo que elegir un lunes para atascarse medio kilo de pie de manzana? Yo, por eso, los lunes no tomo ni siquiera mi jugo de naranja… No vaya a ser que a Dios se le ocurra otra brillante idea.
A los lunes se llega siempre herido, lacerado de tanto domingo y muerto de miedo por tener que empezar todo de nuevo.
Al lunes se le cuadra como a un toro de lidia, hay que recibirlo de rodillas en mitad de la plaza porque si uno logra intimidar al lunes, es posible que se lo piense dos veces el resto de la semana…
Los lunes atrapan niños con frío en los camiones escolares y se divierten cazando burócratas en las líneas del metro.
Los lunes los proxenetas no salen a la calle y las pocas gallinas que ponen vomitan huevos inexplicablemente verdes.
Los lunes los bancos tragan de un bocado a sus deudores y las azafatas se olvidan del protocolo aéreo.
Los lunes el bien amanece de malas y el despertador asesina al lívido a las seis de la mañana.
Un lunes como éste nació San Kurt Cobain y mataron al Che Guevara; un lunes los argentinos perdieron las Malvinas y seguro que fue lunes el día que Ulises decidió volver a Itaca.
El lunes donde comienza la eternidad de Eliseo Diego, Mark David le pegó dos tiros escandalosos a Sir John Winston Lenon, y estoy casi seguro de que fue un lunes cuando dijiste que: “Ya basta!! Que había que darle tiempo al tiempo”.
Los lunes siempre hay que luchar contra la resaca y cuando es lunes y llueve inevitablemente se desborda el caño.
“Ganarás el pan con el sudor de tu frente” ok, ok ¿pero por qué Adán tuvo que elegir un lunes para atascarse medio kilo de pie de manzana? Yo, por eso, los lunes no tomo ni siquiera mi jugo de naranja… No vaya a ser que a Dios se le ocurra otra brillante idea.
miércoles, septiembre 26, 2007
Sergio y Buélco
Sergio todavía no sabe hablar, lo cual es lógico porque sólo tiene un año y medio, de ahí en fuera hace exactamente lo mismo que cualquier persona: se levanta, se baña, se pone de mal humor, duerme la siesta, juega, pide su comida a gritos, corre descalzo por toda la casa y finalmente se vuelve a dormir, como cualquiera (de hecho su rutina diaria es muy parecida a la mía). Además del asunto del lenguaje lo que realmente lo diferencia de los demás, de “los otros”, es que mide aproximadamente 80 centímetros.
Lo anterior, como es natural, tiene maravillado a Buélco; Sergio no sólo es su tema favorito de conversación sino su ejemplo a seguir en la vida…
-Ayer, platicando con Sergio, llegamos a la conclusión de que las reformas migratorias son un tema delicado pero indispensable en un mundo globalizado como este- Dice Buélco mientras se aproxima a una almendra que he puesto estratégicamente junto a mi cuaderno. Yo lo miro incrédulo:
-¿Estás seguro que no copiaron esa conclusión de la página 20 del Reforma?- Le pregunto. Pero Buélco ni siquiera me presta atención, parte su almendra y se pone a contarme que si Sergio esto, que si Sergio aquello, que si encontraron un caracol junto a las bugambilias, que si el lodo es adictivo, que si están profundamente interesados en el último libro de Alberto Chimal… cosas por el estilo y, por supuesto, la biografía que tenemos pendiente no ha pasado del primer párrafo.
-Tienes que ponerle más atención a esto si quieres que te tome en serio- Le digo mientras señalo una hoja de papel que está prácticamente en blanco. –La gente está empezando a pensar que tú eres yo y que yo soy tú, que somos “uno mismo” como diría Timbiriche-
-Tú no podrías ser yo ni aunque quisieras- Dice Buélco inspeccionándome de reojo.
–Y lo de la biografía… he estado pensando que debemos incluir algunos capítulos sobre Sergio, lo consulté con él y estamos de acuerdo en que uno de ellos se llamé: “Hormigas; animales estúpidos y montoneros”-
–Y lo de la biografía… he estado pensando que debemos incluir algunos capítulos sobre Sergio, lo consulté con él y estamos de acuerdo en que uno de ellos se llamé: “Hormigas; animales estúpidos y montoneros”-
Yo me siento desplazado y celoso, pero comprendo que es lógico que una biografía de Buélco sea así; caótica y diminuta. Los he visto también, al él y a Sergio, corretear a las hormigas durante horas y después llorar juntos cuando una se les trepa por las manos, todo esto mientras yo tomo mi café y tengo que hacerla de adulto aburrido y responsable…
-¡Yo podría ser un Buélco el día que me de la gana!- Le digo a Buélco quien me mira con algo de compasión.
-Sí, tienes razón- Me contesta divertido mientras ríe y asoma sus encías azules.
– ¿Te conté que mañana Sergio y yo vamos a atacar el hormiguero que está junto a la coladera? Ya tenemos lista la estrategia militar: mientras yo avanzo ágilmente por el flanco izquierdo él asegura las posiciones del sur…-
– ¿Te conté que mañana Sergio y yo vamos a atacar el hormiguero que está junto a la coladera? Ya tenemos lista la estrategia militar: mientras yo avanzo ágilmente por el flanco izquierdo él asegura las posiciones del sur…-
jueves, septiembre 13, 2007
No estoy trabajando
Yo ya no quiero hablar; ya no quiero que la gente me pregunte: “cómo estás” o que el vecino me salude con la mano…
Me gusta la indiferencia y si alguna vez quise decirle algo a alguien ahora ya no quiero.
No tengo nada que hacer y no quiero que me quiten el tiempo; no quiero que me digan: “buenas noches” porque siento que se burlan de mi insomnio y de mi silencio.
Y es que yo no entiendo, no entiendo a la gente que habla tan rápido y luego se aleja con una sonrisa como pensando: “a éste yo le puedo cambiar la vida”.
Anoche me tiré en el suelo y después me encerré en el ropero. Las voces de la calle me están cazando, las escucho y estoy enojado: ¿Por qué no puedo quitarme las orejas junto con los zapatos?
La televisión, el claxon, los grillos, la ambulancia, la regadera, el celular, hasta la puta avioneta del circo “Atiade”.
No hay aspirina que pueda con este dolor de cabeza y yo sólo quiero un poco de silencio; que se callen porque no me dejan escuchar la alfombra, porque no puedo oír lo que a gritos me está contando desde ayer una mosca.
Voy a pegar en la puerta un letrero que diga: “silencio, no estoy trabajando” y me voy a poner a escuchar todo lo que dije la última vez que no hablamos…
Me gusta la indiferencia y si alguna vez quise decirle algo a alguien ahora ya no quiero.
No tengo nada que hacer y no quiero que me quiten el tiempo; no quiero que me digan: “buenas noches” porque siento que se burlan de mi insomnio y de mi silencio.
Y es que yo no entiendo, no entiendo a la gente que habla tan rápido y luego se aleja con una sonrisa como pensando: “a éste yo le puedo cambiar la vida”.
Anoche me tiré en el suelo y después me encerré en el ropero. Las voces de la calle me están cazando, las escucho y estoy enojado: ¿Por qué no puedo quitarme las orejas junto con los zapatos?
La televisión, el claxon, los grillos, la ambulancia, la regadera, el celular, hasta la puta avioneta del circo “Atiade”.
No hay aspirina que pueda con este dolor de cabeza y yo sólo quiero un poco de silencio; que se callen porque no me dejan escuchar la alfombra, porque no puedo oír lo que a gritos me está contando desde ayer una mosca.
Voy a pegar en la puerta un letrero que diga: “silencio, no estoy trabajando” y me voy a poner a escuchar todo lo que dije la última vez que no hablamos…
sábado, julio 28, 2007
Buscando el punto
Y sin embargo sigues, insistes, no te das por vencido, tal vez por que ya olvidaste cómo o porque ahora importa tan poco que ni siquiera ceder vale la pena. Por eso recomienzas despacio, con el ritual aprendido (aprehendido) de memoria: el cigarro, la lámpara, el reloj, la pluma… por eso te dejas escribir palabra por palabra, punto tras punto, letra tras letra.
No existe tal cosa como “el oficio”, lo sabes bien, lo crees, lo practicas y finalmente lo predicas en obscuros salones de clase. Palabras como: escritor, creador, poeta, son toscas y estorbosas, cargan en la espalda su dosis de auto reconocimiento, se anuncian con bombo y platillo, no existen, las detestas.
“Se escribe por necesidad, porque no se puede hacer otra cosa, porque uno no sabe hacer otra cosa”, repites mecánicamente a cualquiera que esté dispuesto a escucharte. “Resultan inútiles las precauciones; se escribe porque se puede y en esto, las letras se parecen mucho más a la sífilis que al método científico, se adquieren y se propagan aunque su posibilidad de contagio sea mínima”.
Y así sigues, terco, empecinado en encontrar definiciones exactas, palabras de-a-de-veras: “Se escribe porque sí y se escribe también para sí… lector primerizo y bastante parcial, la mano siempre escribe para sus propios ojos, se transforma en un cíclope que mira lo propio siempre a la mitad”.
Pequeña directora de circo, la pluma, tu pluma, comienza a presentar la función: adjetivos leones, verbos trapecistas, oraciones enanas, párrafos bufones y estrofas malabaristas saltan una a una a la carpa de hojas, son las mismas siempre pero la función jamás se repite; deslumbrante a veces y predecible y aburrida otras tantas, la pluma, tu pluma, mira y resume acto tras acto, sueña con el punto final que aparezca espontáneo y estrepitoso bajo una lluvia de aplausos. Pero nunca pasa, nunca llega, los puntos aparecen de tres en tres con el sombrero entre las manos… O eres mal director o tus funciones de palabras ya no engañan a nadie, ni siquiera a ti mismo que las vuelves a meter a sus jaulas cada vez más viejas y empolvadas.
Pero aquí estás, noche tras noche, siempre la misma rutina, la misma miopía y los mismos lentes: no puedes hacer otra cosa porque no sabes, por eso le hablas al cuaderno en segunda persona, por eso hace mucho tiempo que cambiaste el yo por el tú que siempre es un poco más “impersonal”.
La función, como siempre, tiene que continuar: con ustedes la pregunta ontológica más trascendente de la noche ¿Para qué escribir? realizará un increíble acto de magia y se iluminará a sí misma en el centro de la pista. ¡Un aplauso por el amor de Dios!
No existe tal cosa como “el oficio”, lo sabes bien, lo crees, lo practicas y finalmente lo predicas en obscuros salones de clase. Palabras como: escritor, creador, poeta, son toscas y estorbosas, cargan en la espalda su dosis de auto reconocimiento, se anuncian con bombo y platillo, no existen, las detestas.
“Se escribe por necesidad, porque no se puede hacer otra cosa, porque uno no sabe hacer otra cosa”, repites mecánicamente a cualquiera que esté dispuesto a escucharte. “Resultan inútiles las precauciones; se escribe porque se puede y en esto, las letras se parecen mucho más a la sífilis que al método científico, se adquieren y se propagan aunque su posibilidad de contagio sea mínima”.
Y así sigues, terco, empecinado en encontrar definiciones exactas, palabras de-a-de-veras: “Se escribe porque sí y se escribe también para sí… lector primerizo y bastante parcial, la mano siempre escribe para sus propios ojos, se transforma en un cíclope que mira lo propio siempre a la mitad”.
Pequeña directora de circo, la pluma, tu pluma, comienza a presentar la función: adjetivos leones, verbos trapecistas, oraciones enanas, párrafos bufones y estrofas malabaristas saltan una a una a la carpa de hojas, son las mismas siempre pero la función jamás se repite; deslumbrante a veces y predecible y aburrida otras tantas, la pluma, tu pluma, mira y resume acto tras acto, sueña con el punto final que aparezca espontáneo y estrepitoso bajo una lluvia de aplausos. Pero nunca pasa, nunca llega, los puntos aparecen de tres en tres con el sombrero entre las manos… O eres mal director o tus funciones de palabras ya no engañan a nadie, ni siquiera a ti mismo que las vuelves a meter a sus jaulas cada vez más viejas y empolvadas.
Pero aquí estás, noche tras noche, siempre la misma rutina, la misma miopía y los mismos lentes: no puedes hacer otra cosa porque no sabes, por eso le hablas al cuaderno en segunda persona, por eso hace mucho tiempo que cambiaste el yo por el tú que siempre es un poco más “impersonal”.
La función, como siempre, tiene que continuar: con ustedes la pregunta ontológica más trascendente de la noche ¿Para qué escribir? realizará un increíble acto de magia y se iluminará a sí misma en el centro de la pista. ¡Un aplauso por el amor de Dios!
jueves, junio 14, 2007
A vuelta de Buélco
Ha dejado de ser un tema recurrente, tiene tanto tiempo que no lo veo que casi no lo reconozco… él tampoco parece recordarme del todo, sentado sobre la cajetilla de cigarros se mira las manos y comienza a hacer figuras con la sombra de la lámpara.
-Mira, es uno de esos peces que parecen caballos ¿ya sabes cuáles?- Dice sin levantar la mirada del fondo blanco del escritorio.
-¿Buélco?- Pregunto con bastante precaución.
- Prefiero que me llame por mi nombre científico, si no le molesta- Contesta mientras se sostiene sobre la mano derecha y comienza a dar de brincos rodeando el porta retratos.
-Perdón- Digo con tono solemne para seguirle el juego. -¿Sería tan amable de recordarme su nombre?-
-El término correcto es: “Andriosno pasacari”. Pertenezco a la familia de los Ominopoides cuya descripción puede consultar en la enciclopedia británica, por suerte recuerdo brevemente la cita: “Ominopoide”: Sujeto carente de piernas que cuenta con una aguda y envidiable inteligencia; su estatura promedio oscila entre los 20 y los 25 cm, su principal ocupación es la de botánico, aunque cuenta también con grandes capacidades para la astrología y la física cuántica. Se alimenta principalmente de almendras frescas- Dice Buélco casi a gritos y llevándose una mano al pecho como si estuviera recitando un poema de Juan de Dios Peza. –Y ya que hemos llegado de manera azarosa al tema de las almendras, no puedo evitar notar que no cuenta usted con ninguna a la mano- Dice y se estira un poco revisando el escritorio.
-Debido a lo inesperado de su visita no puedo ofrecerle ninguna almendra por ahora pero tengo un cacahuate japonés que lleva como un año en el cenicero, si no le molesta puede tomarlo- Le contesto divertido y enciendo el último cigarro que me queda.
- Me deja profundamente consternado su falta de familiaridad con el protocolo en cuestión- Dice Buélco quien toma con una mano el cacahuate (o lo que alguna vez fue uno), y lo parte a la mitad con un golpe certero y perfecto.
-¿Y cómo estás?- Le pregunto.
- Bien… con algunos problemas financieros y ciertos asuntos delicados con la próstata. Es triste ponerse viejo ¿no?- Dice con la boca llena y meciéndose con los brazos como si estuviera sentado en un columpio. Yo mientras lo reviso con aire paternal; la verdad es que sí lo veo un poco acabado…
-Sí, cuando los Buélcos comienzan a quejarse de sus achaques no deberían volver a dar la cara nunca- Le digo tratando de hacerle un poco de espacio, el escritorio está hecho una verdadera ruina.
-No regresé por gusto sino por lástima, últimamente tu falta de inventiva da asco, cada vez escribes peor, vas a terminar haciendo reseñas en Tiempo Libre o inventándote un manifiesto de “vanguardia”… Y no es que me importe demasiado pero soy magnánimo por naturaleza, así que vine a hacerte el enorme favor de dictarte mi biografía autorizada, oficial y definitiva- Dice Buélco y se acerca a mi mano con gesto ecuánime y sospechoso.
-Para mí sería un honor- Le digo y apago de un golpe el cigarro en el cenicero. –Pero vamos a tener que dejarlo para mañana, ya van a dar las tres y además se me terminaron los Marlboro-
-¡Callate y ve por el cuaderno!- Ordena Buélco y se lleva una mano a la frente como si fuera una gitana frente al tarot -Llama a mi secretaria y cancela todas mis citas para mañana-
-¿A tu secretaria?- Le pregunto incrédulo.
-Capítulo uno- Dice Buélco aclarando la voz y cerrando los ojos –La increíble narración de cómo llegué a ser embajador de los Países Bajos e inicié un levantamiento armado en Nicaragua… ¡Apunta que no tenemos toda noche!-
jueves, junio 07, 2007
¿Cuál Andy?
Nada queda en ese trozo de papel,
todo es alquimia;
veo que es la prueba más veraz
de que todo es mentira.
Luis E. Aute
No somos los que fuimos en la foto, allí salimos ominosos y perfectos: tú en cuclillas con la falda a cuadros del uniforme cayendo casi hasta los tobillos donde se asoman dos calcetas blancas y tímidas. Yo de pie, con los brazos cruzados y el suéter azul amarrado a la cintura; el pelo relamido, bastante largo y los zapatos escondidos tras otro cuerpo y otra falda a cuadros pero me acuerdo (creo), que eran negros y sin agujetas.
Nos formaron por estaturas así que yo soy el primero del lado derecho (aunque me duela reconocerlo tú eras bastante más alta y yo bien podía mirar a los ojos a un gnomo) y tú la cuarta de izquierda a derecha, con la sonrisa congelada y tapándote con una mano el pequeño tatuaje estampado en tu muñeca.
Pero no éramos así, tampoco somos así ahora… yo ya no llevo un casco de gel en la cabeza y tú nunca volviste a usar esa falda que cubría unas licras negras que usabas para “poder sentarte como te diera la gana”. Esa fotografía rellena con veintiún extraños más, que disimulan el frío de las ocho de la mañana en medio del “patio cívico”, a un lado de la bandera, es sólo otra mala broma que hoy esperaba vengativa dentro de una caja gris de cartón.
Tú dejaste de llamarte Andrea y ahora adoptaste el ridículo “Andy”, yo sigo teniendo el mismo nombre aunque hace años que ya nadie me llama por mi apellido y ahora sólo uso el “Meyer” para llenar los formularios de Hacienda.
Todo esto lo recuerdo con una nostalgia ridícula que me dice que: “fueron tiempos mejores”, pero reconozco que no existe tal cosa y que, si lo pienso bien, ese último año de la secundaria terminó siendo un pequeño infierno (pequeño porque era a mi tamaño).
Recuerdos como los que tiene cualquiera: mi papá llevándome a la escuela enfundado en unos “pants” verde pistache, los casilleros que guardaban de todo menos libros, un montón de profesores hartos tomando “nescafé” y tratando de respirar entre tanta corbata y tanto niño idiota, y tanta falda, y tantos transportadores enormes, de madera, que trazaban mecánicamente círculos y ángulos rectos con gises de colores.
La tienda con “Doña Julia” y su hijo “Lalo” que nos vendía cigarros a contrabando, el recreo de las doce que separaba a las bandas rivales (tercero “A” V.S. tercero “B”), las pastorelas con papás y abuelitas en el segundo patio, Alejandro asediado por una prefecta bisca mejor conocida como: “la Matute”, y tú… tú con falda a cuadros, tú sentada en una jardinera tomando “Boíng de fresa” con tres arpías de cada lado, tú de la mano de tu novio (un pinche gángster de tercero “B”, que controlaba la mitad de la escuela y toda la cuadra) paseándote vengativa por los pasillos y las canchas de fútbol, tú en las gradas del “estadio” cuando había partido, burlándote de mis piernas flacas y de mis gritos interrumpidos por las carcajadas de Alejandro: “¡Tira desde lejos pendejo, qué no ves que nos están poniendo una madriza!”, tú diciéndome lo peor que me han dicho en la vida: “si me lo hubieras pedido ayer te habría dicho que sí”, tú llorando porque me habían suspendido por fumar en el patio, tu voz por el teléfono diciéndome lo mejor que me han dicho en la vida: “si tú pasas por mí sí voy”; yo con un papel doblado en cuatro obligando a Alejandro a desatar la peor guerra de mafias que se había visto en el patio:
-Dale está a carta a Andrea-
-¿Andrea la del tercero “B”?-
-Sí-
- ¡No mames cómo crees, nos van a matar en cuanto pisemos el patio!-
Ya no me acuerdo de los nombres de casi nadie, lloramos en la graduación y prometimos “seguir viéndonos no importa lo que pase”. Estuve toda la tarde buscando la caja gris, tratando de encontrar la fotografía para después poder volver a guardarla y decir: “¡Claro! Ya se me había olvidado todo eso”.
-¿Te acuerdas de Andy?- Me preguntó ayer un tipo gordo y calvo que asegura que jugó en el equipo conmigo cuando nos ganaron la final los de la “Secundaria 4”.
-¿Cuál Andy?-
-¡Andy, Andy! Andrea, la de tercero “B”, la novia de Rubén… Se casó y tiene una niña, dicen que su novio es narco y viven en Saltillo, yo me acuerdo que tenía lo suyo, a ti te gustaba ¿no? ¿Oye y te acuerdas de Alejandro? Dicen que embarazó a la Norma… la de segundo…. la hija de la maestra de música… ¡Pinche Meyer cómo no te vas a acordar de Norma!-
todo es alquimia;
veo que es la prueba más veraz
de que todo es mentira.
Luis E. Aute
No somos los que fuimos en la foto, allí salimos ominosos y perfectos: tú en cuclillas con la falda a cuadros del uniforme cayendo casi hasta los tobillos donde se asoman dos calcetas blancas y tímidas. Yo de pie, con los brazos cruzados y el suéter azul amarrado a la cintura; el pelo relamido, bastante largo y los zapatos escondidos tras otro cuerpo y otra falda a cuadros pero me acuerdo (creo), que eran negros y sin agujetas.
Nos formaron por estaturas así que yo soy el primero del lado derecho (aunque me duela reconocerlo tú eras bastante más alta y yo bien podía mirar a los ojos a un gnomo) y tú la cuarta de izquierda a derecha, con la sonrisa congelada y tapándote con una mano el pequeño tatuaje estampado en tu muñeca.
Pero no éramos así, tampoco somos así ahora… yo ya no llevo un casco de gel en la cabeza y tú nunca volviste a usar esa falda que cubría unas licras negras que usabas para “poder sentarte como te diera la gana”. Esa fotografía rellena con veintiún extraños más, que disimulan el frío de las ocho de la mañana en medio del “patio cívico”, a un lado de la bandera, es sólo otra mala broma que hoy esperaba vengativa dentro de una caja gris de cartón.
Tú dejaste de llamarte Andrea y ahora adoptaste el ridículo “Andy”, yo sigo teniendo el mismo nombre aunque hace años que ya nadie me llama por mi apellido y ahora sólo uso el “Meyer” para llenar los formularios de Hacienda.
Todo esto lo recuerdo con una nostalgia ridícula que me dice que: “fueron tiempos mejores”, pero reconozco que no existe tal cosa y que, si lo pienso bien, ese último año de la secundaria terminó siendo un pequeño infierno (pequeño porque era a mi tamaño).
Recuerdos como los que tiene cualquiera: mi papá llevándome a la escuela enfundado en unos “pants” verde pistache, los casilleros que guardaban de todo menos libros, un montón de profesores hartos tomando “nescafé” y tratando de respirar entre tanta corbata y tanto niño idiota, y tanta falda, y tantos transportadores enormes, de madera, que trazaban mecánicamente círculos y ángulos rectos con gises de colores.
La tienda con “Doña Julia” y su hijo “Lalo” que nos vendía cigarros a contrabando, el recreo de las doce que separaba a las bandas rivales (tercero “A” V.S. tercero “B”), las pastorelas con papás y abuelitas en el segundo patio, Alejandro asediado por una prefecta bisca mejor conocida como: “la Matute”, y tú… tú con falda a cuadros, tú sentada en una jardinera tomando “Boíng de fresa” con tres arpías de cada lado, tú de la mano de tu novio (un pinche gángster de tercero “B”, que controlaba la mitad de la escuela y toda la cuadra) paseándote vengativa por los pasillos y las canchas de fútbol, tú en las gradas del “estadio” cuando había partido, burlándote de mis piernas flacas y de mis gritos interrumpidos por las carcajadas de Alejandro: “¡Tira desde lejos pendejo, qué no ves que nos están poniendo una madriza!”, tú diciéndome lo peor que me han dicho en la vida: “si me lo hubieras pedido ayer te habría dicho que sí”, tú llorando porque me habían suspendido por fumar en el patio, tu voz por el teléfono diciéndome lo mejor que me han dicho en la vida: “si tú pasas por mí sí voy”; yo con un papel doblado en cuatro obligando a Alejandro a desatar la peor guerra de mafias que se había visto en el patio:
-Dale está a carta a Andrea-
-¿Andrea la del tercero “B”?-
-Sí-
- ¡No mames cómo crees, nos van a matar en cuanto pisemos el patio!-
Ya no me acuerdo de los nombres de casi nadie, lloramos en la graduación y prometimos “seguir viéndonos no importa lo que pase”. Estuve toda la tarde buscando la caja gris, tratando de encontrar la fotografía para después poder volver a guardarla y decir: “¡Claro! Ya se me había olvidado todo eso”.
-¿Te acuerdas de Andy?- Me preguntó ayer un tipo gordo y calvo que asegura que jugó en el equipo conmigo cuando nos ganaron la final los de la “Secundaria 4”.
-¿Cuál Andy?-
-¡Andy, Andy! Andrea, la de tercero “B”, la novia de Rubén… Se casó y tiene una niña, dicen que su novio es narco y viven en Saltillo, yo me acuerdo que tenía lo suyo, a ti te gustaba ¿no? ¿Oye y te acuerdas de Alejandro? Dicen que embarazó a la Norma… la de segundo…. la hija de la maestra de música… ¡Pinche Meyer cómo no te vas a acordar de Norma!-
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