jueves, septiembre 13, 2007

No estoy trabajando

Yo ya no quiero hablar; ya no quiero que la gente me pregunte: “cómo estás” o que el vecino me salude con la mano…

Me gusta la indiferencia y si alguna vez quise decirle algo a alguien ahora ya no quiero.

No tengo nada que hacer y no quiero que me quiten el tiempo; no quiero que me digan: “buenas noches” porque siento que se burlan de mi insomnio y de mi silencio.

Y es que yo no entiendo, no entiendo a la gente que habla tan rápido y luego se aleja con una sonrisa como pensando: “a éste yo le puedo cambiar la vida”.

Anoche me tiré en el suelo y después me encerré en el ropero. Las voces de la calle me están cazando, las escucho y estoy enojado: ¿Por qué no puedo quitarme las orejas junto con los zapatos?

La televisión, el claxon, los grillos, la ambulancia, la regadera, el celular, hasta la puta avioneta del circo “Atiade”.

No hay aspirina que pueda con este dolor de cabeza y yo sólo quiero un poco de silencio; que se callen porque no me dejan escuchar la alfombra, porque no puedo oír lo que a gritos me está contando desde ayer una mosca.

Voy a pegar en la puerta un letrero que diga: “silencio, no estoy trabajando” y me voy a poner a escuchar todo lo que dije la última vez que no hablamos…

sábado, julio 28, 2007

Buscando el punto

Y sin embargo sigues, insistes, no te das por vencido, tal vez por que ya olvidaste cómo o porque ahora importa tan poco que ni siquiera ceder vale la pena. Por eso recomienzas despacio, con el ritual aprendido (aprehendido) de memoria: el cigarro, la lámpara, el reloj, la pluma… por eso te dejas escribir palabra por palabra, punto tras punto, letra tras letra.


No existe tal cosa como “el oficio”, lo sabes bien, lo crees, lo practicas y finalmente lo predicas en obscuros salones de clase. Palabras como: escritor, creador, poeta, son toscas y estorbosas, cargan en la espalda su dosis de auto reconocimiento, se anuncian con bombo y platillo, no existen, las detestas.


“Se escribe por necesidad, porque no se puede hacer otra cosa, porque uno no sabe hacer otra cosa”, repites mecánicamente a cualquiera que esté dispuesto a escucharte. “Resultan inútiles las precauciones; se escribe porque se puede y en esto, las letras se parecen mucho más a la sífilis que al método científico, se adquieren y se propagan aunque su posibilidad de contagio sea mínima”.


Y así sigues, terco, empecinado en encontrar definiciones exactas, palabras de-a-de-veras: “Se escribe porque sí y se escribe también para sí… lector primerizo y bastante parcial, la mano siempre escribe para sus propios ojos, se transforma en un cíclope que mira lo propio siempre a la mitad”.


Pequeña directora de circo, la pluma, tu pluma, comienza a presentar la función: adjetivos leones, verbos trapecistas, oraciones enanas, párrafos bufones y estrofas malabaristas saltan una a una a la carpa de hojas, son las mismas siempre pero la función jamás se repite; deslumbrante a veces y predecible y aburrida otras tantas, la pluma, tu pluma, mira y resume acto tras acto, sueña con el punto final que aparezca espontáneo y estrepitoso bajo una lluvia de aplausos. Pero nunca pasa, nunca llega, los puntos aparecen de tres en tres con el sombrero entre las manos… O eres mal director o tus funciones de palabras ya no engañan a nadie, ni siquiera a ti mismo que las vuelves a meter a sus jaulas cada vez más viejas y empolvadas.


Pero aquí estás, noche tras noche, siempre la misma rutina, la misma miopía y los mismos lentes: no puedes hacer otra cosa porque no sabes, por eso le hablas al cuaderno en segunda persona, por eso hace mucho tiempo que cambiaste el yo por el tú que siempre es un poco más “impersonal”.


La función, como siempre, tiene que continuar: con ustedes la pregunta ontológica más trascendente de la noche ¿Para qué escribir? realizará un increíble acto de magia y se iluminará a sí misma en el centro de la pista. ¡Un aplauso por el amor de Dios!

jueves, junio 14, 2007

A vuelta de Buélco








Ha dejado de ser un tema recurrente, tiene tanto tiempo que no lo veo que casi no lo reconozco… él tampoco parece recordarme del todo, sentado sobre la cajetilla de cigarros se mira las manos y comienza a hacer figuras con la sombra de la lámpara.

-Mira, es uno de esos peces que parecen caballos ¿ya sabes cuáles?- Dice sin levantar la mirada del fondo blanco del escritorio.

-¿Buélco?- Pregunto con bastante precaución.

- Prefiero que me llame por mi nombre científico, si no le molesta- Contesta mientras se sostiene sobre la mano derecha y comienza a dar de brincos rodeando el porta retratos.

-Perdón- Digo con tono solemne para seguirle el juego. -¿Sería tan amable de recordarme su nombre?-

-El término correcto es: “Andriosno pasacari”. Pertenezco a la familia de los Ominopoides cuya descripción puede consultar en la enciclopedia británica, por suerte recuerdo brevemente la cita: “Ominopoide”: Sujeto carente de piernas que cuenta con una aguda y envidiable inteligencia; su estatura promedio oscila entre los 20 y los 25 cm, su principal ocupación es la de botánico, aunque cuenta también con grandes capacidades para la astrología y la física cuántica. Se alimenta principalmente de almendras frescas- Dice Buélco casi a gritos y llevándose una mano al pecho como si estuviera recitando un poema de Juan de Dios Peza. –Y ya que hemos llegado de manera azarosa al tema de las almendras, no puedo evitar notar que no cuenta usted con ninguna a la mano- Dice y se estira un poco revisando el escritorio.

-Debido a lo inesperado de su visita no puedo ofrecerle ninguna almendra por ahora pero tengo un cacahuate japonés que lleva como un año en el cenicero, si no le molesta puede tomarlo- Le contesto divertido y enciendo el último cigarro que me queda.

- Me deja profundamente consternado su falta de familiaridad con el protocolo en cuestión- Dice Buélco quien toma con una mano el cacahuate (o lo que alguna vez fue uno), y lo parte a la mitad con un golpe certero y perfecto.

-¿Y cómo estás?- Le pregunto.

- Bien… con algunos problemas financieros y ciertos asuntos delicados con la próstata. Es triste ponerse viejo ¿no?- Dice con la boca llena y meciéndose con los brazos como si estuviera sentado en un columpio. Yo mientras lo reviso con aire paternal; la verdad es que sí lo veo un poco acabado…

-Sí, cuando los Buélcos comienzan a quejarse de sus achaques no deberían volver a dar la cara nunca- Le digo tratando de hacerle un poco de espacio, el escritorio está hecho una verdadera ruina.

-No regresé por gusto sino por lástima, últimamente tu falta de inventiva da asco, cada vez escribes peor, vas a terminar haciendo reseñas en Tiempo Libre o inventándote un manifiesto de “vanguardia”… Y no es que me importe demasiado pero soy magnánimo por naturaleza, así que vine a hacerte el enorme favor de dictarte mi biografía autorizada, oficial y definitiva- Dice Buélco y se acerca a mi mano con gesto ecuánime y sospechoso.

-Para mí sería un honor- Le digo y apago de un golpe el cigarro en el cenicero. –Pero vamos a tener que dejarlo para mañana, ya van a dar las tres y además se me terminaron los Marlboro-

-¡Callate y ve por el cuaderno!- Ordena Buélco y se lleva una mano a la frente como si fuera una gitana frente al tarot -Llama a mi secretaria y cancela todas mis citas para mañana-

-¿A tu secretaria?- Le pregunto incrédulo.

-Capítulo uno- Dice Buélco aclarando la voz y cerrando los ojos –La increíble narración de cómo llegué a ser embajador de los Países Bajos e inicié un levantamiento armado en Nicaragua… ¡Apunta que no tenemos toda noche!-

jueves, junio 07, 2007

¿Cuál Andy?

Nada queda en ese trozo de papel,
todo es alquimia;
veo que es la prueba más veraz
de que todo es mentira.
Luis E. Aute

No somos los que fuimos en la foto, allí salimos ominosos y perfectos: tú en cuclillas con la falda a cuadros del uniforme cayendo casi hasta los tobillos donde se asoman dos calcetas blancas y tímidas. Yo de pie, con los brazos cruzados y el suéter azul amarrado a la cintura; el pelo relamido, bastante largo y los zapatos escondidos tras otro cuerpo y otra falda a cuadros pero me acuerdo (creo), que eran negros y sin agujetas.

Nos formaron por estaturas así que yo soy el primero del lado derecho (aunque me duela reconocerlo tú eras bastante más alta y yo bien podía mirar a los ojos a un gnomo) y tú la cuarta de izquierda a derecha, con la sonrisa congelada y tapándote con una mano el pequeño tatuaje estampado en tu muñeca.

Pero no éramos así, tampoco somos así ahora… yo ya no llevo un casco de gel en la cabeza y tú nunca volviste a usar esa falda que cubría unas licras negras que usabas para “poder sentarte como te diera la gana”. Esa fotografía rellena con veintiún extraños más, que disimulan el frío de las ocho de la mañana en medio del “patio cívico”, a un lado de la bandera, es sólo otra mala broma que hoy esperaba vengativa dentro de una caja gris de cartón.

Tú dejaste de llamarte Andrea y ahora adoptaste el ridículo “Andy”, yo sigo teniendo el mismo nombre aunque hace años que ya nadie me llama por mi apellido y ahora sólo uso el “Meyer” para llenar los formularios de Hacienda.

Todo esto lo recuerdo con una nostalgia ridícula que me dice que: “fueron tiempos mejores”, pero reconozco que no existe tal cosa y que, si lo pienso bien, ese último año de la secundaria terminó siendo un pequeño infierno (pequeño porque era a mi tamaño).

Recuerdos como los que tiene cualquiera: mi papá llevándome a la escuela enfundado en unos “pants” verde pistache, los casilleros que guardaban de todo menos libros, un montón de profesores hartos tomando “nescafé” y tratando de respirar entre tanta corbata y tanto niño idiota, y tanta falda, y tantos transportadores enormes, de madera, que trazaban mecánicamente círculos y ángulos rectos con gises de colores.

La tienda con “Doña Julia” y su hijo “Lalo” que nos vendía cigarros a contrabando, el recreo de las doce que separaba a las bandas rivales (tercero “A” V.S. tercero “B”), las pastorelas con papás y abuelitas en el segundo patio, Alejandro asediado por una prefecta bisca mejor conocida como: “la Matute”, y tú… tú con falda a cuadros, tú sentada en una jardinera tomando “Boíng de fresa” con tres arpías de cada lado, tú de la mano de tu novio (un pinche gángster de tercero “B”, que controlaba la mitad de la escuela y toda la cuadra) paseándote vengativa por los pasillos y las canchas de fútbol, tú en las gradas del “estadio” cuando había partido, burlándote de mis piernas flacas y de mis gritos interrumpidos por las carcajadas de Alejandro: “¡Tira desde lejos pendejo, qué no ves que nos están poniendo una madriza!”, tú diciéndome lo peor que me han dicho en la vida: “si me lo hubieras pedido ayer te habría dicho que sí”, tú llorando porque me habían suspendido por fumar en el patio, tu voz por el teléfono diciéndome lo mejor que me han dicho en la vida: “si tú pasas por mí sí voy”; yo con un papel doblado en cuatro obligando a Alejandro a desatar la peor guerra de mafias que se había visto en el patio:

-Dale está a carta a Andrea-
-¿Andrea la del tercero “B”?-
-Sí-
- ¡No mames cómo crees, nos van a matar en cuanto pisemos el patio!-

Ya no me acuerdo de los nombres de casi nadie, lloramos en la graduación y prometimos “seguir viéndonos no importa lo que pase”. Estuve toda la tarde buscando la caja gris, tratando de encontrar la fotografía para después poder volver a guardarla y decir: “¡Claro! Ya se me había olvidado todo eso”.

-¿Te acuerdas de Andy?- Me preguntó ayer un tipo gordo y calvo que asegura que jugó en el equipo conmigo cuando nos ganaron la final los de la “Secundaria 4”.

-¿Cuál Andy?-
-¡Andy, Andy! Andrea, la de tercero “B”, la novia de Rubén… Se casó y tiene una niña, dicen que su novio es narco y viven en Saltillo, yo me acuerdo que tenía lo suyo, a ti te gustaba ¿no? ¿Oye y te acuerdas de Alejandro? Dicen que embarazó a la Norma… la de segundo…. la hija de la maestra de música… ¡Pinche Meyer cómo no te vas a acordar de Norma!-

jueves, mayo 24, 2007

Pasillo 14

Because I do not hope to turn again
Because I do not hope
Beacause I do not hope to turn
T.S. Eliot.

Te veías tan triste pasando y repasando con la mirada el interminable carrusel de maletas en el pasillo 14 del aeropuerto, junto a la sala de llegadas internacionales. Parecías tan indefensa mientras te mordías las uñas y esperabas a que llegara tu equipaje…

Pero no fue por eso que no te hablé, no fue por eso que después de dos horas de tráfico me quedé petrificado en la sala de espera viéndote ver asustada y triste.

No sabes cuánto te he extrañado, cómo me hiciste falta, así de trillado y de lugar común. Te fuiste a Londres hace dos años para, según tus propias palabras: “probar tus fuerzas”. Yo creo que, en todo caso, también estabas probando las mías y ya ves cómo está terminando todo esto.

Creo que siempre pensé que sólo estabas blofeando (qué palabra más larga y tosca), creí que era nada más otra de tus amenazas o de tus euforias pasajeras; fue hasta que te dejé, hasta que te vi agitar la misma mano que ahora te llevas a la boca con nerviosismo, mientras arrastrabas tu “maleta de rueditas” a dos pasillos de éste (pasillo 11: salidas internacionales), cuando me di cuenta que la cosa iba en serio ¿y ahora cómo comienzo a volver a comenzar? dije en voz alta pero el llanto desordenado de una niña se adelantó a las palabras.

Ahora ya no tiene ningún caso, tú lo sabes, yo lo sé, y sin embargo insistí en venir a buscarte y tú aceptaste dejarte encontrar. Y mientras te veo sin saber qué hacer, hablando tímidamente con un policía que sacude la cabeza y te señala la puerta de un pequeño cuarto pintado de verde, entiendo que de verdad hemos perdido, que nos convencimos sin hablar de quemar todas las naves y que de ahora en adelante voy a mirarte siempre de este modo, como la zanahoria que cuelga de un hilo frente a la nariz de un caballo.

Y nada más, me voy a quedar aquí, esperándote… Probablemente perdieron tu maleta y vas a salir del cuarto verde dentro de varias horas, confundida, cansada, tratando de recordar cómo se sale de este pinche aeropuerto; y entonces yo voy a estar aquí, fumando en la banqueta con la cara pegada al vidrio de la puerta automática como un marido en la sala de partos, agitando la mano como tú hace dos años y te voy a salvar del caos, y del frío, y del tráfico, y del taxi, y de las explicaciones interminables, y te voy a ir matando tan lento, tan calculado, tan rutinariamente, que ni siquiera te vas a dar cuenta, hasta me vas a dar las gracias.

Y vamos a hablar durante horas y horas, y tú vas a decir cosas como: “Mira, en Londres, por ejemplo…” y yo voy a escuchar fingiendo que de verdad me importa, y yo voy a decir cosas como: “Estás muy cambiada casi ni te reconozco” y tú vas a escuchar fingiendo que de verdad me crees, y después de la quinta cerveza te voy a besar tan despacio como en uno de los peores capítulos de “Dawson's Creek”, y tú sin resistencia ni demasiado entusiasmo (convertida en una Joey sin ventana a donde trepar) vas a entender, como yo, que ya todo está perdido, que este fue el round 12, que de ahora en adelante hablaremos tanto en plural que el “nosotros” va a terminar perdiendo sentido…

-¡Aquí estoy!- Digo mientras agito la mano y tiro al piso un “Marlboro” que colgaba tímido de mi boca.

martes, mayo 08, 2007

Ten cuidado con lo que sueñas...




-¡Alebrije! ¡Alebrije!- Le gritaban unos animales raros y casi mitológicos a Pedro Linares mientras él agonizaba en una cama a una cuadra del mercado de la Merced.
El campanario es enorme, Pedro lo mira y apresura el paso, teme estar cerca cunado la campana (tan grande que su sombra cubre la tierra desde el mercado de
Sonora hasta el Zócalo), se ponga a gritar desaforada y sin remedio.

“Esto debe ser un sueño”; piensa Pedro mientras camina en fila india al lado de otras personas vestidas de blanco y cuyos rostros se le pierden en las pupilas como si estuvieran hechos de aire. “Esto debe ser el camino hacia el purgatorio”; piensa Pedro mientras recorre un camino angosto como una cuerda custodiado por un abismo TAN PROFUNDO, que ni siquiera se atreve a mirarlo. -Esto debe ser el camino hacia el infierno- se corrige Pedro en voz alta y una gota de sudor helado cae sobre la arena de la vereda y deja una marca blanca en forma de luna -Me voy a ir derechito al infierno-.

Yolanda, la hermana mayor de Pedro toma un trapo mojado y seca el sudor de la frente de su hermano. Julia, la más chica, se mantiene rezando al pie de la cama y las cuentas del rosario corren por sus dedos tan aprisa que parece que estuviera desgranando maíz:
-Santo Señor Jesús, guíalo por las sombras de la tiniebla para que regrese entre los vivos- Dice Julia y Yolanda le da la vuelta al trapo que descansaba sobre la frente de su hermano.
-Si Juan se muere ya nos cargó la chingada a todos ¿Qué vamos a comer? ¿Cartón?-
Dice Yolanda mientras Julia aprieta con más fuerza las cuentas de su rosario y continúa con la cantaleta interminable sólo interrumpida por su llanto, desordenado como el grito de las gaviotas.

El camino se hace cada vez más angosto, la fila india comienza a desbaratarse porque muchos caen al abismo que rodea el sendero, Pedro (cartonero del mercado de la Merced), se aferra a la tierra sentado con las piernas abiertas colgando a ambos lados del precipicio y avanzando hacia adelante mientras empuja su cuerpo con ambas manos.
-No sé si vamos para el infierno, pero por si las dudas más vale no caerse antes-
Le dice Pedro a una mujer de unos cincuenta años quien lo imita y se sienta como él asomando los muslos al vacío.
-Tú eres Pedro Linares-
Afirma la mujer mientras intenta avanzar como él lo hace.
-¿Cómo sabes?- Le pregunta Pedro sorprendido.
–Me lo dijo uno de esos demonios- Contesta la mujer señalando a una criatura extraña, con cuernos pero con alas, con colmillos pero con plumas, con patas de pájaro pero con cabeza de león…
-Es uno de esos- Dice Pedro.
-¡Alebrije!- Grita el animal con una violencia tal que Pedro estuvo a punto de soltarse y caer al fondo del acantilado.
-¡Pedro! ¡Pedro Linares!- Le contesta él.

Hijo de un zapatero que en sus ratos libres fabricaba caballitos y máscaras de cartón, Pedro Linares pasó su niñez rodeado de judas en llamas y piñatas a medio terminar, a sus veintitrés años, Pedro es ya uno de los “juderos” más famosos de la Merced y cada sábado de gloria sus muñecos truenan ante el estallido de los cohetes y de la multitud que recibe ansiosa los regalos que caen de la panza del judas: desde paquetitos de carnes frías hasta perfumes, golosinas, trozos de bistec, peines y peinetas, chicharrón y chocolates (sólo la droguería Bustillos, de la calles de Tacuba, le encargaba a Pedro veinte judas cada año).

Pero nada de esto había preparado a Pedro para lo que estaba a punto de encontrar al final del camino de arena: miles de criaturas que parecían llevar encima la combinación de todos los animales del mundo rodeaban a Pedro cerca de un valle lleno de piedras y nubes rojas. El grito de: ¡Alebrije! era ahora ensordecedor y Pedro, quien a pesar del escándalo aún podía escuchar a lo lejos los rezos de su hermana Julia: “Santo Señor Jesús, guíalo por las sombras de la tiniebla para que regrese entre los vivos”, se apretó los oídos con las manos, se tiró al piso como si le hubieran dado un balazo y comenzó a arrastrase por el suelo tratando de seguir la voz de Julia que lo guiaba dentro del laberinto de demonios. “Si esto es el infierno no pienso quedarme aquí para averiguarlo”.

Lo demás ocurrió tan rápido que Pedro nunca supo bien a bien si de verdad ocurrió: piedras, gritos, gente, viento, estruendo de cuerpos que se hacen pedazos contra el piso, cuerpos sin peso amontándose, haciéndose agua; los demonios dando vueltas, acechando, ¡Alebrije!

Una convulsión estremeció el cuerpo de Pedro, Yolanda tiró al suelo el posillo de café y el barro se hizo pedazos contra el piso, Julia, perdida en sus rezos, apenas levantó la vista como si nada estuviera pasando.
-¡Volvió!- Dijo Yolanda.
–No- Respondió Julia –Ya está muerto pero todavía no se ha dado cuenta…-

Pedro abrió los ojos sin saber cuánto tiempo había pasado desde la última vez que los había cerrado, trató de levantarse pero le pesaba el cuerpo, como si se hubiera tragado a todos los demonios que lo acosaron durante su sueño, quiso hablar y no pudo, Yolanda le acerco una taza con agua, Pedro se levantó, rechazó el agua, dio varios pasos temblorosos, salió a la calle, se detuvo al pie de la casa y se desplomó en una pequeña silla de madera dispuesto a dejarse morir.

Los días de los muertos son distintos a los de los vivos, las horas, despojadas de toda su prisa, ya no se atropellan unas contra otras, caminan lento, parecen interminables. Los meses ya no tienen nombre y la gente y el ruido no significan nada; cuando uno está muerto el tiempo ya no tiene la menor importancia.
-Calculo que han pasado unos cuatro meses, pero también puede ser que hayan pasado veinte años- Trató de decirle Pedro a un hombre de traje negro que le preguntó la hora mientras se quitaba el sombrero. Pedro pensó las palabras pero sus labios permanecieron cerrados.
–Así que usted es Pedro Linares- Dijo el hombre de pelo entrecano que sostenía su sombrero con la mano derecha.
–Lo soñé anoche. Me mandaron a buscarlo. Usted ya está muerto- Le dijo el hombre mientras enfocaba el lente de su cámara primitiva y lo apuntaba hacía la cara de Pedro.
–Pero no se preocupe, yo regresaré mañana para curarlo. Mientras le voy tomando una foto para su tumba-.

El fotógrafo regresó al día siguiente, aunque también pudo haber sido un año después, miró a Pedro, sacó unas hierbas de la bolsa derecha del saco y las puso sobre la mano de Pedro que permanecía abierta.
–Los secretos de los muertos deben quedarse en sus tumbas- Dijo el fotógrafo, a lo que Pedro Linares respondió elocuente:
-¡Alebrije!- Y ahora sí se movieron sus labios y Pedro escuchó su voz como si nunca la hubiera oído antes, era distinta.
–Entierre usted a Pedro Linares y llévese estas cosas- Dijo Pedro mientras alargaba la mano y mostraba las hierbas al fotógrafo.
–Tengo mucho trabajo, primero hay que traer mucho, pero mucho cartón ¿alguna vez ha visto usted a un dragón con alas de mariposa y escamas de pescado?- Preguntó Pedro
–No- Contestó el fotógrafo.
–Yo tampoco- Dijo Pedro –Pero Pedro Linares (que en paz descanse), vio uno así y otros distintos hace mucho tiempo. Él me contó cómo son; se llaman Alebrijes… Tráigame cartón y le hago uno, pero tráigame mucho cartón antes de que se me olvide-.




* Pedro Linares creó los famosos Alebrijes en la ciudad de México entre 1936 y 1940. Según las narraciones del propio Pedro; estando muy enfermo y al borde de la muerte soñó con estos raros animales quienes le gritaron una palabra con la cual decidió nombrarlos al recuperar la conciencia, la palabra era: Alebrije.

martes, abril 17, 2007

Réquiem por un Claxon

La poesía es el
chiclocentro de la literatura
.
Ruy Feben.


“Estoy hasta la madre de la puta irreverencia”, me dijo Ruy Feben hace algunos meses cuando los dos traíamos varias chelas encima. Decidimos entonces llevar la frase a la posteridad y adoptarla como parte del manifiesto que nunca vamos a escribir, pero fue apenas hace unos días con el cierre (¿crónica de un fin anunciado?) de su mítico blog Claxon, cuando me di cuenta que el asunto iba en serio.

Hace algunos años Feben me explicó qué era un blog y me enseñó a usarlo (salta a la vista que nunca aprendí del todo, pero la única culpable de ello es mi dislexia congénita), así nació “en cursivas” y este post es el primero -y probablemente el único- en el que escribo a título personal y no escondido detrás de un narrador medio mamón o de un yo poético que se rasga las vestiduras.

El Claxon era una de mis lecturas cotidianas y obligadas, disfrazándolo de “blog personal”, Rodrigo Díaz llevaba su literatura a la red bajo la tutela y la pluma de Ruy Feben. Sus textos, a veces políticos y sociales o montados en el día a día, fueron siempre reflexivos y antisolemnes… Rodrigo pensaba y leía, y discutía, y luego Ruy Feben se metía a bañar y se ponía a escribir a carcajadas dejando claro que la intelectualidad de sobremesa se ha convertido en una plaga y la literatura “erudita” en un laberinto cuya única salida es la ironía y el desenfado sistemático.

Leí muchos buenos textos en Claxon, los mejores para mi gusto, fueron los que escribía un Ruy Feben enojado y medio activista; y los que escribía Rodrigo a modo de literatura cibernética (de gran calidad hay que decirlo), como la novela de El Chafle de Fanfurrias (treinta capítulos con treinta voces distintas), o el dibujo de un antihéroe latinoamericano que más tarde moriría trágicamente bajo las llantas de un microbús.

Rodrigo es mi amigo y Ruy mi compañero de letras, compartimos un blog donde escribimos a dos plumas una novela que está en pañales y hace a mi psicólogo ganar muchísimo dinero, y una antología de cuentos que muy probablemente nunca vamos a publicar… En fin, la intención de este post sólo era hacerle un pequeño (y bastante enredado) homenaje a Claxon y reconocer íntegra la deuda que este blog tiene con las letras de Ruy Feben.

Rodrigo asegura que aún hay Feben para rato, yo también lo creo y probablemente ocurra más pronto de lo que él mismo piensa, no creo que el Dr. Díaz pueda controlar por mucho tiempo a su Mr. Ruy…

martes, abril 10, 2007

A contra tiempo

No te regalan un reloj, tú eres el regalado,
a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Julio Cortázar.
I
Me llamo Ivnni y soy ruso… Cansado de esperarte decidí salir a buscarte. Dentro de este “infierno florido”, no existen las puertas ni las ventanas; con mi maleta en la mano espero la hora acordada.
Dicen que justo aquí, a la hora cero, arriba el tren que te saca del tiempo y te lleva al otro, al tiempo tuyo.
Llevo provisiones para el camino y he destruido minuciosamente mi pasaporte y mi número de identificación.
No hay boleto de regreso, lo sé porque nadie ha vuelto.


II
Los martillazos no se detienen nunca, cada engrane que gira se repite a sí mismo hasta la nausea.
Los segundos (peones), se lanzan al ataque seguidos por los minutos (alfiles), todos a las ordenes del día que es rey. Monarca absoluto, tirano del tiempo, dictador por un sólo día; veinticuatro caballos custodian su reino.
El caudillo de hoy se llama Lunes, es célebre, carismático y se asoma al balcón del tiempo lleno de promesas… No cumple ninguna.
Martes, revolucionario barbado, “amigo del pueblo”, ruge desde lo más profundo de la sierra: “¡Hay que derrocar al tirano! ¡Muerte al dictador que mata de hambre a su propia gente!”.
Ya se acerca el final, el caballo 24 hace su jugada… Yo estoy aquí esperando la hora cero; otro pequeño Apocalipsis se aproxima


III
No ha terminado de coronarse Martes y ya prepara el terreno para pelear con un Miércoles nonato.
El tren no pasó… No perdí de vista ni un segundo las vías de manecillas y el tren no llegó nunca.
Saldré de aquí no importa cómo. Hoy se termina la cuerda, confío en tu desmemoria. Tal vez la hora cero sea eso: el segundo (peón), en el que se termina la cuerda.


IV
Me llamo Ivnni y soy ruso… vivo dentro de este reloj de cuerda.
Viajé desde Moscú de mano en mano y ahora estoy aquí, esperando la hora cero para subir al tren y salir a buscarte.
Ya no quiero contar segundos (peones), ni minutos (alfiles), ya no quiero esperar días absolutos al servicio de su propia demagogia.
Voy a salir a buscarte para ver el otro tiempo, te he escuchado llamarlo con muchos nombres.
Me cansé de esperarte y voy de salida, monto horas (caballos) y estoy seguro de que vendrá la cero.


V
Los guardias del reloj me persiguen desde hace varios días, sicarios a sueldo del día rey, están entrenados para: “tirar a matar” a todo lo que se mueva fuera de los engranes.
Domingo me busca; es el monarca más sanguinario del reloj. Le ha puesto precio a mi cabeza y todos los guardias del tiempo salieron a buscarme.
El caballo 14 está ahora en medio del tablero. ¿Dónde? ¿dónde está el tren?


VI
Hubo movimiento y alarma dentro del reloj. Domingo decidió no renunciar y se enfrentó con todo su poder al recién nacido Lunes quien, como todo el mundo sabe, no entiende nada de estrategia militar…
Ahora Domingo ha decidido suprimir al congreso y declararse: “emperador vitalicio del reloj”.
Martes está escondido en el monte, y aunque es inteligente y decidido la guerra contra Domingo se ve bastante desigual.
El alfil que me perseguía regresó al centro del reloj por la mañana, lo sé porque lo vi correr por los engranes hacia el norte.
Oigo el tren pero lo he escuchado ya tantas veces…



VII
Apresaron a Martes, mañana lo fusilan en la plaza principal del reloj…
Miércoles, aristócrata y cobarde, abdicó a favor de Domingo y ahora ya todo está perdido.
No hay forma de salir de aquí, necesito tu ayuda.
¡No le des cuerda!
Muchos van a morir, los peones están armados y dispuestos a todo.
¡No le des cuerda!
Olvídate de la hora al lo menos por un día…


VIII
El tiempo se detuvo, se dobló como las palmeras que resisten los huracanes. De costado y agonizando me miró y suspiró un poco antes de caer de lleno en el otro tiempo, el incalculable, el que no transcurre, el tiempo que duerme sobre el tiempo, el tiempo tuyo.
Las torres se vinieron abajo y los caballos se quedaron petrificados en sus cuadros. Domingo (rey sin reina), se quedó en pie de guerra con un brazo en alto mientras el reloj completo se convertía en Pompeya.
El tren me sorprendió mientras me apretaba una pistola contra el paladar…